viernes, 18 de octubre de 2013

Jorge Bonino


Carreira, enter

Ricardo Carreira, figura de culto del arte argentino de los sesenta, tiene gran impronta sobre varias generaciones de artistas y poetas y poquísimas entradas en google. Una introducción y algunos inéditos.


Ricardo Carreira, figura de culto del arte argentino de los sesenta, tiene gran impronta sobre varias generaciones de artistas y poetas y poquísimas entradas en google. Una introducción y algunos inéditos.
Ricardo Carreira nació en Diciembre de 1942, en Buenos Aires y murió en esa misma ciudad en 1993. Su obra visual, perfomatica y literaria forma parte de una compleja constelación que se conforma iniciada la década del 60, cuando comenzó a exhibir sus ideas: acción- arte, política-lenguaje. Conceptos que marcan el desarrollo de su obra y que, inscriptos en su trabajo poético, trascienden su época y se convierten en un importante referente de la vanguardia argentina.
Elegí un poema inédito de Carreira para hablar de las marcas de un artista y de un habla que no ha sido atrapado por la superficie caligráfica y que inagotablemente se actualiza en el margen de sus acciones, alejando cada vez más los límites desplazados de la costumbre y la conformidad. Su pensamiento se nos presenta como una continuidad, anunciada ya por Macedonio Fernández cuando advierte que ha seguido leyendo después de concluida la lectura: "se me aviso muy tarde que lo que leía era después de terminado". El límite al final es sólo un espejismo, porque la verdadera acción diluye sus encantos. En ambos, Carreira y Macedonio, elegir continuar, en lugar de concluir, es priorizar una forma de ser antes que una forma de conocer. Exceder la propia letra es un juego contra la presencia intangible del habla: hablar como lo hizo Carreira es, entonces, una variedad de la acción y un obrar contundente.
Entre su obra y su obrar existe un desfasaje, una desviación sin coincidencia, porque el obrar es una maquinaria invisible que pertenece al exceso. Aunque la única vía posible de ingresar en un obrar particular es justamente a través de la obra, en esa decisiva afirmación de lo que hay. Lejos de cualquier definición categórica, se produce un entramado dialógico donde simultáneamente la obra construye identidades y el obrar las destruye. El habla de Carreira quizás sea esa bisagra entre el hacer y el deshacer para poder, al fin, decir. Su obra es la configuración de acciones y reacciones, una red lábil con respecto a un núcleo de emanación. El centro se ha expandido, las sustancias son pequeños átomos que se expanden y se cruzan con otras sustancias expandidas, en el aire o en la materia. Un corpus de ideas permeables que me interpelan si me conecto. Este conjunto de mónadas dispersas, que divagan en el espectro de sentido entre la obra y el obrar, operan como un habla que trabaja actualizando la realidad que nos depara un artista. Las páginas de Carreira son claramente un lugar, quizás algo mucho más concreto que eso, una pared. Así, como atravesó el espacio con una soga en su instalación Soga y texto, en el poema subraya con frágiles líneas los núcleos sustantivos de sus versos, para estimular la atención por las cosas:
No veo lo que hay del otro lado de la pared.
lado, pared
Para rodear a Carreira hay que inventar un artificio, cada vez que rodeamos un obrar el ejercicio es como un juego, por que el obrar no existe en ninguna parte. Wittgenstein en las Investigaciones Filosóficas dice que, con el lenguaje hacemos cosas muy heterogéneas, la diversidad de juegos de lenguajes hace que podamos determinar reglas diferentes para cada uno de ellos. El juego de Carreira es el juego de la conmoción y sus reglas tan intangibles que se escapan a esas letras que subrayan sus objetos, el artificio entonces es una pregunta frente a la conmoción del mundo.
Sus poemas son como excavaciones arqueológicas que sacan a la luz el fondo opacado de las palabras, uno de los aspectos más interesantes de la relación con el lenguaje, es modificar el poder hipnotizador de las palabras que aparece cuando se convierten en un decorado tieso, en una presencia anquilosada, cuando se naturalizan. Carreira dice que "hay un gran espejo cultural, alienado, llamémoslo mentira cultural organizada, violencia armada dirigida a mayorías, y minorías desarmadas y obedientes" (ver "Alienación", más abajo), probablemente esas sutiles líneas trazadas sobre el filo del lenguaje sean para él ese otro lado del espejo que no todos están dispuestos a traspasar:
Hay menos café en la taza porque está caliente y se evaporó.
café, taza.
hay, evaporó.
Su insistente afirmación con respecto a un hay, un hay más allá de los límites del canibalismo de la subjetividad, que todo lo deglute para proyectar aquí y allá las sombras de un narcisismo infinitamente demandante, se convierten en Carreira en la contemplación de lo que existe, no en el abandono de la interioridad sino en la meditación restauradora de un sujeto en el mundo. Lo cual claramente implica la crítica y el descontento, también la locura, pero nunca la típica neurosis de los que creen que la esfera del lenguaje y la esfera de la vida son dos líneas paralelas que nunca se tocan. Ricardo Carreira subrayó las cosas del mundo e intervino en él como un artesano del lenguaje. Fue mucho más lejos que cualquier rótulo, no en vano Ricardo Piglia, en su introducción al libro Poemas publicado por Atuel, sintoniza a Carreira en un universo paradisíaco junto a Jorge Bonino, Macedonio Fernández, Alberto Greco y Xul Solar. "Es un linaje de inventores obstinados, soñadores de mundos imposibles, filósofos secretos y conspiradores que se mantuvieron alejados del dinero y del lenguaje común e inventaron su propia economía y sus medios de expresión", dice Piglia. La particularidad y la genialidad de Carreira es introducir el lenguaje en la obra, no como una justificación o un argumento, no del lado del hábito, ni a favor del simulacro de la cultura, sino como un desencadenante explosivo para dar paso a la realidad, situando sus poemas en una frontera que se convierte, a su vez, en un horizonte de posibilidades. Justamente esa insistencia por un mundo y ese arrastrar las palabras a los límites de la vida es lo que hace de Carreira un constructor de realidad, y a su obrar en una afirmación política y poética de un inagotable sistema de referencias donde sus palabras trabajan:
Hay trescientos libros cerrados En mi biblioteca.
libros, biblioteca.
300 palabras por página palabras, páginas.
Voy leyendo palabra por palabra.
palabra.
Sé que estas ahí leyendo.
Alienación Con los castigos corporales, se rompe la relación cosa-cosa, persona-persona, persona-cosa. No es lo mismo enseñar que ordenar… la orden baja información con respecto a una estructura de baja información nos une con las manos y los pies las zonas con más contacto con el dolor. Hay un gran espejo cultural, alienado, llamémoslo mentira cultural organizada, violencia armada dirigida a mayorías, y minorías desarmadas y obedientes. En la relación cosa-cosa, persona-persona, persona-cosa, jamás se vio a algunos de los llamados “alienados” por una sociedad super alienada confundir que comiera con un tenedor al revés, tratara de tomar agua con el vaso invertido o tratar de abrir una puerta por los goznes. El lenguaje sirve muchas veces para perderse que para encontrarse. Es difícil que existan enfermedades que justifiquen la trepanación pues la presión del hueso externo cerebral impediría la formación de todo quiste, además de la naturaleza de la materia cerebral. Con respecto a la alquimia del conocido “alopidol” y sus semejantes que produce parkinson y suicidios , o recortamientos de partes de cuerpo humano como el conocido Van Gogh, en estado no intoxicado ningún ser humano se secciona parte del cuerpo. Fue seguramente inventado por algún alumno de las primeras “UNIVERSIDADES” llamados “corsos” o cursos en portugal producto de una “alquimia de baja información que se sigue repitiendo por problemas de escolasticismo o fetichismo de la cultura (los “libros nos educan en la permanencia pues no cambian solos escolastisismo, sacralidad de lo escrito) o por intereses industriales ya encadenados en el sistema educativo difíciles de desarmar *(Gracias “CULTURA” faraónica pre-napoleónica) Ricardo Carreira




El círculo, el mago y el conejo

Una revisión de los textos, performances y pinturas de Alberto Greco atenta a las particularidades autobiográficas de su obra


Una revisión de los textos, performances y pinturas de Alberto Greco atenta a las particularidades autobiográficas de su obra
Lo abyecto tiene que ver con la iluminación Néstor Perlongher
Un recorrido por los textos, perfomances y pinturas de Alberto Greco, indagados desde una mirada transversal, pueden hablar con ellas sobre algunos acontecimientos de la vida que las generó. Una de las posibles interpretaciones lo asociaría con Paradiso de José Lezama Lima. Diferentes ideas que aparecen entrelazadas a su mítico relato autobiográfico sugieren un trasfondo de ciertas situaciones en los Vivo-Dito de Greco. Al igual que la novela de Lezama Lima, la obra de Greco puede ser la historia de un deseo, que tiende a eternizar momentos de la vida particular sin reiterarlos, sino más bien rodeándolos y en ese intento completar un lugar alrededor del vacío generado por el recuerdo. Me detuve a imaginar el espacio que surge de los círculos de tiza de los Vivo-Dito, una de las versiones de todos ellos, que consistía en señalar a través de un dibujo en el piso, a algún transeúnte como obra de arte. Allí, conjuntamente con la transfiguración del evento cotidiano a evento artístico, se generaba un espacio otro, fuera del espacio habitual. El cual puede ser descubierto como un vacío cargado, un vacío integrado por redes de vacíos, un espacio contenedor de pliegues del pasado, de la infancia, con rugosidades del tiempo que se acoplan a la acción de señalar.
El vacío, entonces, tal como aparece en la obra de Greco, no se encuentra en el centro como un imán atrayendo para sí las cosas que darían forma a una obra, sino que el vacío y las cosas operan conjuntamente en un plano espacial que las ordena en el tiempo. La reiteración de sus perfomance es la cristalización de un pasado que no puede desprenderse de ese vacío. Los objetos son restos milagrosos de una batalla hacia la torsión de una línea histórica que subsumida en la cronología, sólo logra transcurrir mientras el tiempo se erige como un supuesto. Sus acciones entrelazadas al vacío mueven ese curso, giran en círculo alrededor del espacio para volver a encontrar, en la ausencia, una posibilidad genuina de entrar en el tiempo, en el tiempo propio. La gran obra de Alberto Greco quizás sea simplemente girar. Girar alrededor de un momento mágico para desplegarlo sin límites. El círculo con tiza de los Vivo-Dito puede ser pensado como una esfera mágica, un espacio fuera del tiempo, donde lo que allí sucede no pertenece a una dimensión cuantificable. Cuando las personas se desplazan en la calle, marcan un ritmo sobre la superficie de la tierra, bailan con el círculo del cosmos. Allí, en su marcha planetaria hacia la muerte, algunos hombres se detienen para demarcar un territorio donde pueden contemplar la trascendencia rítmica de su propio andar, más allá de las contingencias. Algunos cuerpos fueron detenidos por Greco en el círculo mágico de lo que él señaló como obra de arte, para luego regresar al río de la realidad sintonizados por el vacío que comienza a tejerse.
Sería entonces la ausencia de un motivo, la imposibilidad de una razón, el claro espectro de un delirio, lo que configura el territorio interno de un Vivo-Dito. Donde la nada reina envolviendo el presente en un no tiempo, se convierte la ausencia en una sombra de aquellos caminantes detenidos en algún sitio. El círculo de tiza Vivo-Dito, el señalamiento fortuito y azaroso son acciones sobre algunos cuerpos, el de Greco, al margen de la acción y el cuerpo de aquel que se quedó atrapado, un desprevenido que incurrió con sus pasos hacia el lugar demarcado. La zona se configuró en un adentro, la explanada de una vereda, pero al mismo tiempo en un afuera, porque su propia denominación como obra de arte, lo traslada a otro ámbito o mejor dicho remarca con tanta contundencia ese espacio que imagina otro ámbito.
Así, girar alrededor de un cuerpo con una tiza en la mano, es una inyección en la cápsula del no tiempo, invitando a un viaje por los diversos pliegues del andar. Es recorrer el mapa de lo posible como si fuera una partitura trazada entre el deseo y lo real, entre las cosas y la ausencia. Un puente tendido entre los diferentes registros que componen una biografía que habita en esas pequeñas rugosidades. Casi imperceptibles como los dibujos líquidos de la lluvia las variaciones de una biografía, se entremezclan con la obra para al fin diluir sus diferencias en aquel círculo donde, por un momento, se detiene la marcha. El señalamiento se constituye, entonces, en una acción que devuelve al pasado su posibilidad de extenderse y transformarse en una actualidad transfigurada por la acumulación de acciones, que se reiteran. En un texto breve, titulado No estar prevenido por las cosas, Greco cuenta, Una vez, una chica que conocí en una librería, donde yo ayudaba a atender (recuerdo que después me regalo una naranja), a raíz de encontrar un libro agotado me comentó:
- Usted es mago.
- No yo soy el conejo.
Ella se emocionó con inocencia. En ese momento me regaló la naranja.
Esta imagen me persiguió tiempo y me sentía reconocido en aquellos ojos rosados y llenos de asombro que trataban de saberlo todo y verlo todo en cada instante, que lograba salir de la rígida galería1.
Como en los laberintos de un sueño, Greco había sido él mismo señalado en las regiones anteriores al arte, en el encuentro casual con una chica en una librería, el círculo de un sistema poético que se inició nombrándolo. El nombrar es anterior al arte y en este sentido Greco retoma, para sus experiencias artísticas, remanentes de un ámbito no decodificables para la institución artística, al menos por aquellas traducciones de sus cánones estilísticos más establecidos. En sus propios relatos, se abren pistas de dicho nombramiento y que culminan con la evidencia de su muerte, después de escribirse sobre su mano izquierda la palabra FIN. Así es como el nombrar ingresa en su obra y su obra nunca ingresa en la institución, manteniendo esa tensión que lo convierte en una aparición contundente y particular tanto para su época como para el panorama del arte argentino.
En otro de sus textos, Tía Ursulina, la pintura y yo describe un hecho de su infancia, siestas enteras en las que se dedicaba a dibujar las baldosas del patio de su casa, Greco dice, Los rayos de sol le daban a los garabatos del patio un cierto brillo plateado, pero casi no se notaban. En casa no los descubrían, por lo tanto, no me decían nada, pero en los días de lluvia, al mojar el agua los dibujos, las paredes, las persianas y todas las baldosas se teñían de violeta2. Más tarde, estas imágenes regresan convertidas en marcas de tiza blanca de los Vivo-Dito. Como espejos superpuestos que en la continuidad del tiempo se desplazan de un origen a otro, el evento no se reitera, más bien, se superpone al originario una y otra vez, al reiterar la acción. Su matriz existe en un lugar fuera de la norma, es decir, en la intuición o el capricho. El concentrado juego infantil, la manía por la transparencia que se revelan sobre el piso, funda una cadena de interpretaciones azarosas construidas por imágenes débiles. Estadios de lo invisible que, en los relatos de Greco, son figuraciones de lo real que desobedecen a cierto mandato artístico, el de la visibilidad absoluta. En Paradiso Lezama Lima escribió, La vida es una red de situaciones indeterminadas, cada coincidencia es algo que quiere hablar a nuestro lado, si la interpretamos incorporamos una forma, dominamos una transparencia3. Al parecer la obra de Greco es el arte puro de dominar invisibles, fantasmas, evaporaciones. Siendo un gran imitador de sí mismo, operó con citas en el espacio, con formas que no podrán nunca recobrarse y asemejarse a aquellas originarias y por lo tanto, cuanto más se descomponen en los márgenes, más llegan a su centro. La fuente autobiográfica, se presenta como un juego inverso al de las formas establecidas, porque no se sumerge nunca dentro de un campo especifico. Con sus acciones, Greco evade los mecanismos que le imprimen leyes externas al tiempo, y que asumen la continuidad de un relato o una historia como una construcción necesariamente coherente. Su universo poético se estableció con anterioridad, sobrevolando a toda norma, sin importarle demasiado la lógica del lenguaje, que se desencadena dentro de los límites de un sistema construido, se libero a sí mismo. En su único libro de poesía Fiesta Greco escribió:
Aún eres del aire.
Es verdad.
No puedes arrancar un fruto
con las manos,
desmayada tu cintura
te convertirías en un espacio.
Como en una partitura de la flotación, Greco fue dejando notas de una vida que se redoblaba en la vida de los otros, casi yéndose en los olores de la calle, en las conversaciones, en las cartas, en el movimiento de los cuerpos, en el tiempo y en los besos brujos, en todas aquellas cosas que le importaron siempre. Cosas simples, tan visibles que a veces en su exceso nos parecen un poco invisibles.