La compañía de L´ART BRUT
1. carácter de las
obras consideradas
Las colecciones de
Art Brut y las investigaciones que se refieren a ellas fueron iniciadas en
1945 por el pintor Jean Dubuffet. Agrupan producciones de todas las clases
–dibujos, pinturas, bordados, figuras modeladas o esculpidas, etcétera- que
presentan un carácter espontáneo y fuertemente inventivo, deban lo menos
posible al arte habitual y rutinario o a los tópicos culturales, y tengan por
autores a personas oscuras, ajenas a los medios artísticos profesionales. La
investigación se refiere particularmente a formas de creación que no sean
meros avatares de las obras de arte homologadas, como lo son el arte llamado naÏf (donde una cierta torpeza sazonada
aporta a las obras un poder de expresión acrecentado, pero donde éstas, sin
embargo, permanecen en estrecha relación con las formas de arte consagradas) o
el arte llamado surrealista (donde las técnicas tradicionales están puestas
al servicio de humores, temas y argumentos inéditos), sino que sean
proposiciones propiamente imprevistas e inventadas, tanto en todos sus
recursos (materiales, técnicos, etcétera) como en su inspiración. En otras
palabras, no se trata tanto de ramas singulares del tronco habitual como de
otros troncos originariamente distintos. Los casos de esta especie son, sin
duda, escasos, como lo son las invenciones en todos los terrenos. Claro está
que existe una cuestión de grado, y entre estos casos existen algunos más
fuertemente marcados que los demás por el carácter de total invención
personal entes mencionado. Debemos añadir que poco nos importa que estas
elaboraciones partan de humildes fuentes y actúen técnicas rudimentarias y
toda clase de medios casuales. Con gran frecuencia así resulta en las más
creativas y las más sorprendentes. Tampoco nos molesta que su aspecto a veces
tan miserable las convierta en objetos poco parecidos a lo que lleva
habitualmente el nombre de arte, hasta el punto de que personas poco atentas
puedan considerarlas como objetos despreciables. Añadamos, sin embargo
–aunque resulte obvio-, que reivindiquemos, en cambio, determinadas
producciones que estén fuertemente marcadas por el carácter sin el cual la
palabra arte no puede ser pronunciada, es decir, que respondan a un febril
impulso y no a determinada incitación o capricho episódico donde la
exaltación participa escasamente.
II. Arte psicopatológico
Según la definición
anterior, la creación de arte, a la que se le exige que se diferencie tan
fundamentalmente de los usos corrientes, tiene quizá los caracteres de
anormalidad que pueden evocar la noción de patología, según el punto donde
ésta se haga comenzar. Parece, no obstante, que la patología se define por
otros aspectos y que es abusivo considerar como enfermizo lo que no tiene
otro defecto que mostrar demasiada invención. El arte –nos referimos al único
que merece este nombre procede siempre de estados espirituales muy próximos a
la manía y al delirio, pero es posible –y tendemos a a pensarlo- que manía y
delirio no estén ausentes del psiquismo normal, y que incluso sean su flor.
Hay que reconocer que nuestras investigaciones nos han hecho encontrar con
una frecuencia considerable los casos de las especies consideradas en
personas que presentan, además de extravagancias que le han conducido a mano
de los psiquiatras. Una buena parte- más de la mitad- de las obras que forman
nuestras colecciones tiene por autores antiguos pacientes de hospitales
psiquiátricos. Pero ¿constituye esto una prueba de su carácter enfermizo? No
lo creemos. Más bien nos inclinaríamos a creer que la idea de enfermedad debe
ir, por el contrario, asociada a una incapacidad de hacer obra de creación.
Obras como las que nos han llegado aportan, en nuestra opinión, la prueba de
que en ciertos casos, personas en cierta manera enfermas muestran que una
parte de su psiquismo goza de maravillosa salud. Es posible que le ocio en
que viven los enfermos sea un factor favorable para empresas de orden
artístico. Igual ocurre con el encierro y la soledad. Hemos encontrado
algunos casos admirables en los presos y en los asilados con enfermedades en
absoluto mentales. Es natural que unos seres que no tienen la menor
posibilidad de encontrar juegos y fiestas para uso propio –aunque éstos sean
a veces tétricos y formados por una teatralización de su desesperación-.
Creemos además que le hombre marcado por singularidades en el régimen de sus
reacciones y sus pensamientos se siente fuertemente atraído a inventarse
soluciones desacostumbradas en sus relaciones sociales y de otro tipo, además
de familiarizarse con las desaprobaciones y posiciones conflictivas. Este
hábito le llevará, si algún día siente el capricho de la obra de arte, a
basar igualmente sus procedimientos en
impulsos propios y en tener en menor consideración que los demás los
procedimientos habituales, así como las apreciaciones que pueden suscitar sus
obras. A modo de conclusión es necesario añadir que los casos considerados
son muy escasos, y esto casi tanto en los individuos tenidos por alienados
como en los reputados sanos. Además, nuestro punto de vista es el del artista
y no el del médico y hemos tomado el partido de dejar a éste, sin que
nosotros nos preocupemos mínimamente de ello, la tarea de fijar los casos la
medida en la que las formas consideradas de creación de arte revisten o no,
en su opinión, un carácter patológico. Sobre este punto, nosotros preferimos
no hacer ninguna discriminación. pp.
Tanto
las correspondencias entre Gombrowicz y Dubuffet como los textos del pintor
fueron extraídos de “Autobiografía sucinta” de Witold Gombrowicz. Editorial
Anagrama y Página 12, Buenos Aires,
2010.
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lunes, 2 de septiembre de 2013
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