lunes, 2 de septiembre de 2013

La compañía de L´ART BRUT
1. carácter de las obras consideradas
Las colecciones de Art Brut y las investigaciones que se refieren a ellas fueron iniciadas en 1945 por el pintor Jean Dubuffet. Agrupan producciones de todas las clases –dibujos, pinturas, bordados, figuras modeladas o esculpidas, etcétera- que presentan un carácter espontáneo y fuertemente inventivo, deban lo menos posible al arte habitual y rutinario o a los tópicos culturales, y tengan por autores a personas oscuras, ajenas a los medios artísticos profesionales. La investigación se refiere particularmente a formas de creación que no sean meros avatares de las obras de arte homologadas, como lo son el arte llamado naÏf (donde una cierta torpeza sazonada aporta a las obras un poder de expresión acrecentado, pero donde éstas, sin embargo, permanecen en estrecha relación con las formas de arte consagradas) o el arte llamado surrealista (donde las técnicas tradicionales están puestas al servicio de humores, temas y argumentos inéditos), sino que sean proposiciones propiamente imprevistas e inventadas, tanto en todos sus recursos (materiales, técnicos, etcétera) como en su inspiración. En otras palabras, no se trata tanto de ramas singulares del tronco habitual como de otros troncos originariamente distintos. Los casos de esta especie son, sin duda, escasos, como lo son las invenciones en todos los terrenos. Claro está que existe una cuestión de grado, y entre estos casos existen algunos más fuertemente marcados que los demás por el carácter de total invención personal entes mencionado. Debemos añadir que poco nos importa que estas elaboraciones partan de humildes fuentes y actúen técnicas rudimentarias y toda clase de medios casuales. Con gran frecuencia así resulta en las más creativas y las más sorprendentes. Tampoco nos molesta que su aspecto a veces tan miserable las convierta en objetos poco parecidos a lo que lleva habitualmente el nombre de arte, hasta el punto de que personas poco atentas puedan considerarlas como objetos despreciables. Añadamos, sin embargo –aunque resulte obvio-, que reivindiquemos, en cambio, determinadas producciones que estén fuertemente marcadas por el carácter sin el cual la palabra arte no puede ser pronunciada, es decir, que respondan a un febril impulso y no a determinada incitación o capricho episódico donde la exaltación participa escasamente.
II. Arte psicopatológico
Según la definición anterior, la creación de arte, a la que se le exige que se diferencie tan fundamentalmente de los usos corrientes, tiene quizá los caracteres de anormalidad que pueden evocar la noción de patología, según el punto donde ésta se haga comenzar. Parece, no obstante, que la patología se define por otros aspectos y que es abusivo considerar como enfermizo lo que no tiene otro defecto que mostrar demasiada invención. El arte –nos referimos al único que merece este nombre procede siempre de estados espirituales muy próximos a la manía y al delirio, pero es posible –y tendemos a a pensarlo- que manía y delirio no estén ausentes del psiquismo normal, y que incluso sean su flor. Hay que reconocer que nuestras investigaciones nos han hecho encontrar con una frecuencia considerable los casos de las especies consideradas en personas que presentan, además de extravagancias que le han conducido a mano de los psiquiatras. Una buena parte- más de la mitad- de las obras que forman nuestras colecciones tiene por autores antiguos pacientes de hospitales psiquiátricos. Pero ¿constituye esto una prueba de su carácter enfermizo? No lo creemos. Más bien nos inclinaríamos a creer que la idea de enfermedad debe ir, por el contrario, asociada a una incapacidad de hacer obra de creación. Obras como las que nos han llegado aportan, en nuestra opinión, la prueba de que en ciertos casos, personas en cierta manera enfermas muestran que una parte de su psiquismo goza de maravillosa salud. Es posible que le ocio en que viven los enfermos sea un factor favorable para empresas de orden artístico. Igual ocurre con el encierro y la soledad. Hemos encontrado algunos casos admirables en los presos y en los asilados con enfermedades en absoluto mentales. Es natural que unos seres que no tienen la menor posibilidad de encontrar juegos y fiestas para uso propio –aunque éstos sean a veces tétricos y formados por una teatralización de su desesperación-. Creemos además que le hombre marcado por singularidades en el régimen de sus reacciones y sus pensamientos se siente fuertemente atraído a inventarse soluciones desacostumbradas en sus relaciones sociales y de otro tipo, además de familiarizarse con las desaprobaciones y posiciones conflictivas. Este hábito le llevará, si algún día siente el capricho de la obra de arte, a basar igualmente sus  procedimientos en impulsos propios y en tener en menor consideración que los demás los procedimientos habituales, así como las apreciaciones que pueden suscitar sus obras. A modo de conclusión es necesario añadir que los casos considerados son muy escasos, y esto casi tanto en los individuos tenidos por alienados como en los reputados sanos. Además, nuestro punto de vista es el del artista y no el del médico y hemos tomado el partido de dejar a éste, sin que nosotros nos preocupemos mínimamente de ello, la tarea de fijar los casos la medida en la que las formas consideradas de creación de arte revisten o no, en su opinión, un carácter patológico. Sobre este punto, nosotros preferimos no hacer ninguna discriminación. pp. 141 a 145

Tanto las correspondencias entre Gombrowicz y Dubuffet como los textos del pintor fueron extraídos de “Autobiografía sucinta” de Witold Gombrowicz. Editorial Anagrama y Página 12,  Buenos Aires, 2010.




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