viernes, 18 de octubre de 2013
Carreira, enter
Ricardo
Carreira, figura de culto del arte argentino de los sesenta, tiene gran
impronta sobre varias generaciones de artistas y poetas y poquísimas entradas
en google. Una introducción y algunos inéditos.
por Mariana Robles
Ricardo Carreira nació en Diciembre de 1942, en Buenos Aires y murió en esa misma ciudad en 1993. Su obra visual, perfomatica y literaria forma parte de una compleja constelación que se conforma iniciada la década del 60, cuando comenzó a exhibir sus ideas: acción- arte, política-lenguaje. Conceptos que marcan el desarrollo de su obra y que, inscriptos en su trabajo poético, trascienden su época y se convierten en un importante referente de la vanguardia argentina.
Elegí un poema inédito de Carreira para hablar de las marcas de un artista y de un habla que no ha sido atrapado por la superficie caligráfica y que inagotablemente se actualiza en el margen de sus acciones, alejando cada vez más los límites desplazados de la costumbre y la conformidad. Su pensamiento se nos presenta como una continuidad, anunciada ya por Macedonio Fernández cuando advierte que ha seguido leyendo después de concluida la lectura: "se me aviso muy tarde que lo que leía era después de terminado". El límite al final es sólo un espejismo, porque la verdadera acción diluye sus encantos. En ambos, Carreira y Macedonio, elegir continuar, en lugar de concluir, es priorizar una forma de ser antes que una forma de conocer. Exceder la propia letra es un juego contra la presencia intangible del habla: hablar como lo hizo Carreira es, entonces, una variedad de la acción y un obrar contundente.
Entre su obra y su obrar existe un desfasaje, una desviación sin coincidencia, porque el obrar es una maquinaria invisible que pertenece al exceso. Aunque la única vía posible de ingresar en un obrar particular es justamente a través de la obra, en esa decisiva afirmación de lo que hay. Lejos de cualquier definición categórica, se produce un entramado dialógico donde simultáneamente la obra construye identidades y el obrar las destruye. El habla de Carreira quizás sea esa bisagra entre el hacer y el deshacer para poder, al fin, decir. Su obra es la configuración de acciones y reacciones, una red lábil con respecto a un núcleo de emanación. El centro se ha expandido, las sustancias son pequeños átomos que se expanden y se cruzan con otras sustancias expandidas, en el aire o en la materia. Un corpus de ideas permeables que me interpelan si me conecto. Este conjunto de mónadas dispersas, que divagan en el espectro de sentido entre la obra y el obrar, operan como un habla que trabaja actualizando la realidad que nos depara un artista. Las páginas de Carreira son claramente un lugar, quizás algo mucho más concreto que eso, una pared. Así, como atravesó el espacio con una soga en su instalación Soga y texto, en el poema subraya con frágiles líneas los núcleos sustantivos de sus versos, para estimular la atención por las cosas:
No veo lo que hay del otro lado de la pared.
lado, pared
Para rodear a Carreira hay que inventar un artificio, cada vez que rodeamos un obrar el ejercicio es como un juego, por que el obrar no existe en ninguna parte. Wittgenstein en las Investigaciones Filosóficas dice que, con el lenguaje hacemos cosas muy heterogéneas, la diversidad de juegos de lenguajes hace que podamos determinar reglas diferentes para cada uno de ellos. El juego de Carreira es el juego de la conmoción y sus reglas tan intangibles que se escapan a esas letras que subrayan sus objetos, el artificio entonces es una pregunta frente a la conmoción del mundo.
Sus poemas son como excavaciones arqueológicas que sacan a la luz el fondo opacado de las palabras, uno de los aspectos más interesantes de la relación con el lenguaje, es modificar el poder hipnotizador de las palabras que aparece cuando se convierten en un decorado tieso, en una presencia anquilosada, cuando se naturalizan. Carreira dice que "hay un gran espejo cultural, alienado, llamémoslo mentira cultural organizada, violencia armada dirigida a mayorías, y minorías desarmadas y obedientes" (ver "Alienación", más abajo), probablemente esas sutiles líneas trazadas sobre el filo del lenguaje sean para él ese otro lado del espejo que no todos están dispuestos a traspasar:
Hay menos café en la taza porque está caliente y se evaporó.
café, taza.
hay, evaporó.
Su insistente afirmación con respecto a un hay, un hay más allá de los límites del canibalismo de la subjetividad, que todo lo deglute para proyectar aquí y allá las sombras de un narcisismo infinitamente demandante, se convierten en Carreira en la contemplación de lo que existe, no en el abandono de la interioridad sino en la meditación restauradora de un sujeto en el mundo. Lo cual claramente implica la crítica y el descontento, también la locura, pero nunca la típica neurosis de los que creen que la esfera del lenguaje y la esfera de la vida son dos líneas paralelas que nunca se tocan. Ricardo Carreira subrayó las cosas del mundo e intervino en él como un artesano del lenguaje. Fue mucho más lejos que cualquier rótulo, no en vano Ricardo Piglia, en su introducción al libro Poemas publicado por Atuel, sintoniza a Carreira en un universo paradisíaco junto a Jorge Bonino, Macedonio Fernández, Alberto Greco y Xul Solar. "Es un linaje de inventores obstinados, soñadores de mundos imposibles, filósofos secretos y conspiradores que se mantuvieron alejados del dinero y del lenguaje común e inventaron su propia economía y sus medios de expresión", dice Piglia. La particularidad y la genialidad de Carreira es introducir el lenguaje en la obra, no como una justificación o un argumento, no del lado del hábito, ni a favor del simulacro de la cultura, sino como un desencadenante explosivo para dar paso a la realidad, situando sus poemas en una frontera que se convierte, a su vez, en un horizonte de posibilidades. Justamente esa insistencia por un mundo y ese arrastrar las palabras a los límites de la vida es lo que hace de Carreira un constructor de realidad, y a su obrar en una afirmación política y poética de un inagotable sistema de referencias donde sus palabras trabajan:
Hay trescientos libros cerrados En mi biblioteca.
libros, biblioteca.
300 palabras por página palabras, páginas.
Voy leyendo palabra por palabra.
palabra.
Sé que estas ahí leyendo.
Alienación Con los castigos corporales, se rompe la relación cosa-cosa, persona-persona, persona-cosa. No es lo mismo enseñar que ordenar… la orden baja información con respecto a una estructura de baja información nos une con las manos y los pies las zonas con más contacto con el dolor. Hay un gran espejo cultural, alienado, llamémoslo mentira cultural organizada, violencia armada dirigida a mayorías, y minorías desarmadas y obedientes. En la relación cosa-cosa, persona-persona, persona-cosa, jamás se vio a algunos de los llamados “alienados” por una sociedad super alienada confundir que comiera con un tenedor al revés, tratara de tomar agua con el vaso invertido o tratar de abrir una puerta por los goznes. El lenguaje sirve muchas veces para perderse que para encontrarse. Es difícil que existan enfermedades que justifiquen la trepanación pues la presión del hueso externo cerebral impediría la formación de todo quiste, además de la naturaleza de la materia cerebral. Con respecto a la alquimia del conocido “alopidol” y sus semejantes que produce parkinson y suicidios , o recortamientos de partes de cuerpo humano como el conocido Van Gogh, en estado no intoxicado ningún ser humano se secciona parte del cuerpo. Fue seguramente inventado por algún alumno de las primeras “UNIVERSIDADES” llamados “corsos” o cursos en portugal producto de una “alquimia de baja información que se sigue repitiendo por problemas de escolasticismo o fetichismo de la cultura (los “libros nos educan en la permanencia pues no cambian solos escolastisismo, sacralidad de lo escrito) o por intereses industriales ya encadenados en el sistema educativo difíciles de desarmar *(Gracias “CULTURA” faraónica pre-napoleónica) Ricardo Carreira
El círculo, el mago y
el conejo
Una
revisión de los textos, performances y pinturas de Alberto Greco atenta a las
particularidades autobiográficas de su obra
por Mariana Robles
Lo abyecto tiene que ver con la iluminación Néstor Perlongher
Un recorrido por los textos, perfomances y pinturas de Alberto Greco, indagados desde una mirada transversal, pueden hablar con ellas sobre algunos acontecimientos de la vida que las generó. Una de las posibles interpretaciones lo asociaría con Paradiso de José Lezama Lima. Diferentes ideas que aparecen entrelazadas a su mítico relato autobiográfico sugieren un trasfondo de ciertas situaciones en los Vivo-Dito de Greco. Al igual que la novela de Lezama Lima, la obra de Greco puede ser la historia de un deseo, que tiende a eternizar momentos de la vida particular sin reiterarlos, sino más bien rodeándolos y en ese intento completar un lugar alrededor del vacío generado por el recuerdo. Me detuve a imaginar el espacio que surge de los círculos de tiza de los Vivo-Dito, una de las versiones de todos ellos, que consistía en señalar a través de un dibujo en el piso, a algún transeúnte como obra de arte. Allí, conjuntamente con la transfiguración del evento cotidiano a evento artístico, se generaba un espacio otro, fuera del espacio habitual. El cual puede ser descubierto como un vacío cargado, un vacío integrado por redes de vacíos, un espacio contenedor de pliegues del pasado, de la infancia, con rugosidades del tiempo que se acoplan a la acción de señalar.
El vacío, entonces, tal como aparece en la obra de Greco, no se encuentra en el centro como un imán atrayendo para sí las cosas que darían forma a una obra, sino que el vacío y las cosas operan conjuntamente en un plano espacial que las ordena en el tiempo. La reiteración de sus perfomance es la cristalización de un pasado que no puede desprenderse de ese vacío. Los objetos son restos milagrosos de una batalla hacia la torsión de una línea histórica que subsumida en la cronología, sólo logra transcurrir mientras el tiempo se erige como un supuesto. Sus acciones entrelazadas al vacío mueven ese curso, giran en círculo alrededor del espacio para volver a encontrar, en la ausencia, una posibilidad genuina de entrar en el tiempo, en el tiempo propio. La gran obra de Alberto Greco quizás sea simplemente girar. Girar alrededor de un momento mágico para desplegarlo sin límites. El círculo con tiza de los Vivo-Dito puede ser pensado como una esfera mágica, un espacio fuera del tiempo, donde lo que allí sucede no pertenece a una dimensión cuantificable. Cuando las personas se desplazan en la calle, marcan un ritmo sobre la superficie de la tierra, bailan con el círculo del cosmos. Allí, en su marcha planetaria hacia la muerte, algunos hombres se detienen para demarcar un territorio donde pueden contemplar la trascendencia rítmica de su propio andar, más allá de las contingencias. Algunos cuerpos fueron detenidos por Greco en el círculo mágico de lo que él señaló como obra de arte, para luego regresar al río de la realidad sintonizados por el vacío que comienza a tejerse.
Sería entonces la ausencia de un motivo, la imposibilidad de una razón, el claro espectro de un delirio, lo que configura el territorio interno de un Vivo-Dito. Donde la nada reina envolviendo el presente en un no tiempo, se convierte la ausencia en una sombra de aquellos caminantes detenidos en algún sitio. El círculo de tiza Vivo-Dito, el señalamiento fortuito y azaroso son acciones sobre algunos cuerpos, el de Greco, al margen de la acción y el cuerpo de aquel que se quedó atrapado, un desprevenido que incurrió con sus pasos hacia el lugar demarcado. La zona se configuró en un adentro, la explanada de una vereda, pero al mismo tiempo en un afuera, porque su propia denominación como obra de arte, lo traslada a otro ámbito o mejor dicho remarca con tanta contundencia ese espacio que imagina otro ámbito.
Así, girar alrededor de un cuerpo con una tiza en la mano, es una inyección en la cápsula del no tiempo, invitando a un viaje por los diversos pliegues del andar. Es recorrer el mapa de lo posible como si fuera una partitura trazada entre el deseo y lo real, entre las cosas y la ausencia. Un puente tendido entre los diferentes registros que componen una biografía que habita en esas pequeñas rugosidades. Casi imperceptibles como los dibujos líquidos de la lluvia las variaciones de una biografía, se entremezclan con la obra para al fin diluir sus diferencias en aquel círculo donde, por un momento, se detiene la marcha. El señalamiento se constituye, entonces, en una acción que devuelve al pasado su posibilidad de extenderse y transformarse en una actualidad transfigurada por la acumulación de acciones, que se reiteran. En un texto breve, titulado No estar prevenido por las cosas, Greco cuenta, Una vez, una chica que conocí en una librería, donde yo ayudaba a atender (recuerdo que después me regalo una naranja), a raíz de encontrar un libro agotado me comentó:
Ella se emocionó con inocencia. En ese momento me regaló la naranja.
Esta imagen me persiguió tiempo y me sentía reconocido en aquellos ojos rosados y llenos de asombro que trataban de saberlo todo y verlo todo en cada instante, que lograba salir de la rígida galería1.
Como en los laberintos de un sueño, Greco había sido él mismo señalado en las regiones anteriores al arte, en el encuentro casual con una chica en una librería, el círculo de un sistema poético que se inició nombrándolo. El nombrar es anterior al arte y en este sentido Greco retoma, para sus experiencias artísticas, remanentes de un ámbito no decodificables para la institución artística, al menos por aquellas traducciones de sus cánones estilísticos más establecidos. En sus propios relatos, se abren pistas de dicho nombramiento y que culminan con la evidencia de su muerte, después de escribirse sobre su mano izquierda la palabra FIN. Así es como el nombrar ingresa en su obra y su obra nunca ingresa en la institución, manteniendo esa tensión que lo convierte en una aparición contundente y particular tanto para su época como para el panorama del arte argentino.
En otro de sus textos, Tía Ursulina, la pintura y yo describe un hecho de su infancia, siestas enteras en las que se dedicaba a dibujar las baldosas del patio de su casa, Greco dice, Los rayos de sol le daban a los garabatos del patio un cierto brillo plateado, pero casi no se notaban. En casa no los descubrían, por lo tanto, no me decían nada, pero en los días de lluvia, al mojar el agua los dibujos, las paredes, las persianas y todas las baldosas se teñían de violeta2. Más tarde, estas imágenes regresan convertidas en marcas de tiza blanca de los Vivo-Dito. Como espejos superpuestos que en la continuidad del tiempo se desplazan de un origen a otro, el evento no se reitera, más bien, se superpone al originario una y otra vez, al reiterar la acción. Su matriz existe en un lugar fuera de la norma, es decir, en la intuición o el capricho. El concentrado juego infantil, la manía por la transparencia que se revelan sobre el piso, funda una cadena de interpretaciones azarosas construidas por imágenes débiles. Estadios de lo invisible que, en los relatos de Greco, son figuraciones de lo real que desobedecen a cierto mandato artístico, el de la visibilidad absoluta. En Paradiso Lezama Lima escribió, La vida es una red de situaciones indeterminadas, cada coincidencia es algo que quiere hablar a nuestro lado, si la interpretamos incorporamos una forma, dominamos una transparencia3. Al parecer la obra de Greco es el arte puro de dominar invisibles, fantasmas, evaporaciones. Siendo un gran imitador de sí mismo, operó con citas en el espacio, con formas que no podrán nunca recobrarse y asemejarse a aquellas originarias y por lo tanto, cuanto más se descomponen en los márgenes, más llegan a su centro. La fuente autobiográfica, se presenta como un juego inverso al de las formas establecidas, porque no se sumerge nunca dentro de un campo especifico. Con sus acciones, Greco evade los mecanismos que le imprimen leyes externas al tiempo, y que asumen la continuidad de un relato o una historia como una construcción necesariamente coherente. Su universo poético se estableció con anterioridad, sobrevolando a toda norma, sin importarle demasiado la lógica del lenguaje, que se desencadena dentro de los límites de un sistema construido, se libero a sí mismo. En su único libro de poesía Fiesta Greco escribió:
Aún eres del aire.
Es verdad.
No puedes arrancar un fruto
con las manos,
desmayada tu cintura
te convertirías en un espacio.
Como en una partitura de la flotación, Greco fue dejando notas de una vida que se redoblaba en la vida de los otros, casi yéndose en los olores de la calle, en las conversaciones, en las cartas, en el movimiento de los cuerpos, en el tiempo y en los besos brujos, en todas aquellas cosas que le importaron siempre. Cosas simples, tan visibles que a veces en su exceso nos parecen un poco invisibles.
lunes, 2 de septiembre de 2013
La compañía de L´ART BRUT
1. carácter de las
obras consideradas
Las colecciones de
Art Brut y las investigaciones que se refieren a ellas fueron iniciadas en
1945 por el pintor Jean Dubuffet. Agrupan producciones de todas las clases
–dibujos, pinturas, bordados, figuras modeladas o esculpidas, etcétera- que
presentan un carácter espontáneo y fuertemente inventivo, deban lo menos
posible al arte habitual y rutinario o a los tópicos culturales, y tengan por
autores a personas oscuras, ajenas a los medios artísticos profesionales. La
investigación se refiere particularmente a formas de creación que no sean
meros avatares de las obras de arte homologadas, como lo son el arte llamado naÏf (donde una cierta torpeza sazonada
aporta a las obras un poder de expresión acrecentado, pero donde éstas, sin
embargo, permanecen en estrecha relación con las formas de arte consagradas) o
el arte llamado surrealista (donde las técnicas tradicionales están puestas
al servicio de humores, temas y argumentos inéditos), sino que sean
proposiciones propiamente imprevistas e inventadas, tanto en todos sus
recursos (materiales, técnicos, etcétera) como en su inspiración. En otras
palabras, no se trata tanto de ramas singulares del tronco habitual como de
otros troncos originariamente distintos. Los casos de esta especie son, sin
duda, escasos, como lo son las invenciones en todos los terrenos. Claro está
que existe una cuestión de grado, y entre estos casos existen algunos más
fuertemente marcados que los demás por el carácter de total invención
personal entes mencionado. Debemos añadir que poco nos importa que estas
elaboraciones partan de humildes fuentes y actúen técnicas rudimentarias y
toda clase de medios casuales. Con gran frecuencia así resulta en las más
creativas y las más sorprendentes. Tampoco nos molesta que su aspecto a veces
tan miserable las convierta en objetos poco parecidos a lo que lleva
habitualmente el nombre de arte, hasta el punto de que personas poco atentas
puedan considerarlas como objetos despreciables. Añadamos, sin embargo
–aunque resulte obvio-, que reivindiquemos, en cambio, determinadas
producciones que estén fuertemente marcadas por el carácter sin el cual la
palabra arte no puede ser pronunciada, es decir, que respondan a un febril
impulso y no a determinada incitación o capricho episódico donde la
exaltación participa escasamente.
II. Arte psicopatológico
Según la definición
anterior, la creación de arte, a la que se le exige que se diferencie tan
fundamentalmente de los usos corrientes, tiene quizá los caracteres de
anormalidad que pueden evocar la noción de patología, según el punto donde
ésta se haga comenzar. Parece, no obstante, que la patología se define por
otros aspectos y que es abusivo considerar como enfermizo lo que no tiene
otro defecto que mostrar demasiada invención. El arte –nos referimos al único
que merece este nombre procede siempre de estados espirituales muy próximos a
la manía y al delirio, pero es posible –y tendemos a a pensarlo- que manía y
delirio no estén ausentes del psiquismo normal, y que incluso sean su flor.
Hay que reconocer que nuestras investigaciones nos han hecho encontrar con
una frecuencia considerable los casos de las especies consideradas en
personas que presentan, además de extravagancias que le han conducido a mano
de los psiquiatras. Una buena parte- más de la mitad- de las obras que forman
nuestras colecciones tiene por autores antiguos pacientes de hospitales
psiquiátricos. Pero ¿constituye esto una prueba de su carácter enfermizo? No
lo creemos. Más bien nos inclinaríamos a creer que la idea de enfermedad debe
ir, por el contrario, asociada a una incapacidad de hacer obra de creación.
Obras como las que nos han llegado aportan, en nuestra opinión, la prueba de
que en ciertos casos, personas en cierta manera enfermas muestran que una
parte de su psiquismo goza de maravillosa salud. Es posible que le ocio en
que viven los enfermos sea un factor favorable para empresas de orden
artístico. Igual ocurre con el encierro y la soledad. Hemos encontrado
algunos casos admirables en los presos y en los asilados con enfermedades en
absoluto mentales. Es natural que unos seres que no tienen la menor
posibilidad de encontrar juegos y fiestas para uso propio –aunque éstos sean
a veces tétricos y formados por una teatralización de su desesperación-.
Creemos además que le hombre marcado por singularidades en el régimen de sus
reacciones y sus pensamientos se siente fuertemente atraído a inventarse
soluciones desacostumbradas en sus relaciones sociales y de otro tipo, además
de familiarizarse con las desaprobaciones y posiciones conflictivas. Este
hábito le llevará, si algún día siente el capricho de la obra de arte, a
basar igualmente sus procedimientos en
impulsos propios y en tener en menor consideración que los demás los
procedimientos habituales, así como las apreciaciones que pueden suscitar sus
obras. A modo de conclusión es necesario añadir que los casos considerados
son muy escasos, y esto casi tanto en los individuos tenidos por alienados
como en los reputados sanos. Además, nuestro punto de vista es el del artista
y no el del médico y hemos tomado el partido de dejar a éste, sin que
nosotros nos preocupemos mínimamente de ello, la tarea de fijar los casos la
medida en la que las formas consideradas de creación de arte revisten o no,
en su opinión, un carácter patológico. Sobre este punto, nosotros preferimos
no hacer ninguna discriminación. pp.
Tanto
las correspondencias entre Gombrowicz y Dubuffet como los textos del pintor
fueron extraídos de “Autobiografía sucinta” de Witold Gombrowicz. Editorial
Anagrama y Página 12, Buenos Aires,
2010.
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Poemas de Beatriz Vallejo
El
tiempo es un viejo zapato
Los agujeros del cielo
son los misterios del ritmo
el tiempo no es una canción
alguien tiro nuestros tiernísimos
zapatos
se arrodilla van Gogh
zapatero
de óleos, nos abriga
enciende un girasol
ese es el tiempo
dice
y caminamos
Juan
L. Ortiz
“¿qué
significa el cerco
Crepuscular…?
J.L.O
Qué significa la luz, esta hora
que se detiene al puente de
los llamados de los remansos;
el lado de sí que traía lejanía
todo rosado y el lila percibidos
no de la convicción de los sentidos
sino de algo que por si ascendía y
entrara a la danza de las pausas
y nada fortuito aconteciera al hilar
de las sedosas reminiscencias de los
ademanes de la invocación, ah
callada, silenciosa receptora de las
señales del aire, a esos cielos, a esa
hora de ángeles.
El
collar de arena
También la sombra es frágil
si el agua está cerca
entonces adviene a disuadir lo absoluto
otra irisada agonía,
difusas lágrimas del sauce,
difusas notas, élitros
de los pequeños seres.
acústica en gotas de nimbar,
si son sonidos,
la claridad aún
cómo de intenso
fluye
el devenir,
la distancia inalcanzable.
cuenco de manos,
arena de reflejos.
¿la inmensidad no es?
Pequeños seres en suma
esmaltan la noche.
Beatriz
Vallejo
El
Collar de Arena. Obra Reunida. Editorial
Municipal de Rosario. Rosario, 2012
viernes, 23 de agosto de 2013
El mundo percibido y el mundo de la ciencia
El
mundo percibido y el mundo de la ciencia
Maurice
Merleau-Ponty
El mundo de la
percepción, es decir, aquel que nos revelan nuestros sentidos y la vida que
hacemos, a primera vista parece el que mejor conocemos, ya que no se necesitan
instrumentos ni cálculos para acceder a él, y, en apariencia, nos basta con
abrir los ojos y dejarnos vivir para penetrarlo. Sin embargo, esto no es más
que una falsa apariencia. En estas conversaciones me gustaría mostrar que una
gran medida es ignorado por nosotros, mientras permanecemos en la actitud
práctica o utilitaria; que hizo falta mucho tiempo, esfuerzos y cultura para
ponerlo al desnudo, y que uno de los méritos el arte y el pensamiento modernos
(con esto entiendo el arte y el pensamiento desde hace cincuenta o setenta
años) es hacernos redescubrir este mundo donde vivimos pero que siempre estamos
tentados de olvidar.
Esto es
particularmente cierto en Francia. Uno de los rasgos, no sólo de las filosofías
francesas, sino también de lo que un poco vagamente se llama espíritu francés,
es reconocer a la ciencia y los conocimientos científicos un valor tal que toda
nuestra experiencia vivida del mundo resulta de un solo golpe desvalorizada. Si
quiero saber qué cosa es la luz, ¿no debo dirigirme al físico? ¿No es él quien me
dirá si la luz, como se lo pensó durante un tiempo, es un bombardeo de
proyectiles incandescentes o, como también se lo creyó, una vibración del éter
o, por último, como lo admite una teoría más reciente, un fenómeno ¿De qué
serviría consultar aquí nuestros sentidos, demorarnos en lo que nuestra
percepción nos enseña de los colores, los reflejos y las cosas que lo soportan,
ya que, manifiestamente, éstas no son sino apariencias, y tan sólo el saber
metódico del sabio, sus mediadas, sus experiencias pueden hacernos salir de las
ilusiones donde viven nuestros sentidos y hacernos acceder a la verdadera
naturaleza de las cosas? ¿No consistió, el progreso del saber, en olvidar lo
que nos dicen los sentidos ingenuamente consultados y que no tiene lugar en un
cuadro verdadero del mundo, sino como una particularidad de nuestra
organización humana, de la que la ciencia fisiológica dará cuenta un día, como
ya explica las ilusiones del miope o del présbite? El mundo verdadero no son
esas luces, esos colores, ese espectáculo de carne que me dan mis ojos; son las
ondas y los corpúsculos de los que me habla la ciencia y que encuentra tras
esas fantasías sensibles.
Descartes
llegó a decir que únicamente a través del examen de las cosas sensibles, y sin
recurrir a los resultados de las investigaciones eruditas, yo puedo descubrir
la impostura de mis sentidos y aprender a no confiar sino en la inteligencia.
Digo que veo un trozo de cera. Pero ¿qué es exactamente esta cera? Con
seguridad, no es ni el color blancuzco, ni el olor floral que acaso todavía
conservó, ni esa blancura que siente mi dedo, ni ese ruido opaco que hace la
cera cuando la dejo caer. Nada de todo eso es constitutivo de la cera, porque
puede perder todas esas cualidades sin dejar de existir, por ejemplo si la hago
fundir se transforma en un líquido incoloro, sin un olor apreciable y que ya no
resiste a la presión de mi dedo. Sin embargo, digo que la misma cera sigue
estando ahí, Entonces, ¿cómo hay que
entenderlo? Lo que permanece, a pesar del cambio de estado, no es más que un
fragmento de materia sin cualidades, y en su punto límite cierto poder de
ocupar el espacio, de recibir diferentes formas, sin que el espacio ocupado ni
la forma recibida sean en modo determinados. Ése es el núcleo real y permanente
de la cera. Sin embargo, es manifiesto que esa realidad de la cera no se revela
solamente a los sentidos, porque ellos siempre me ofrecen objetos de un tamaño
y una forma determinados. En consecuencia, la verdadera cera no se ve con los
ojos. Sólo es posible concebirla con la inteligencia. Cuando yo creo ver la
cera con mis ojos, lo único que hago es pensar, a través de las cualidades que
caen por su propio peso, en la cera desnuda y sin cualidades que su fuente
común. Para Descartes, por lo tanto – y durante mucho tiempo esta idea fue
omnipotente en la tradición filosófica en Francia-, la percepción no es más que
un comienzo de ciencia todavía confusa. La relación de la percepción con la
ciencia es la de la apariencia con la realidad. Nuestra dignidad es remitirnos
a la inteligencia, que es la única que nos descubrirá la verdad del mundo.
Hace un rato,
cuando dije que el pensamiento y el arte moderno rehabilitan la percepción y el
mundo percibido, naturalmente no quise decir que negaban el valor de la
ciencia, ya sea como instrumento del desarrollo técnico o como escuela de
exactitud y veracidad. La ciencia fue y sigue siendo el campo donde debe
aprenderse lo que es una verificación, lo que es una investigación escrupulosa,
lo que es la crítica de uno mismo y de sus propios prejuicios. Bueno era que
esperara todo de ella en un tiempo donde aún no existía. Peor la cuestión que
el pensamiento moderno plantea a su respecto no esta destinada a impugnarle la
existencia o a cerrarle ningún campo. Se trata de saber si la ciencia ofrece u
ofrecerá una representación del mundo que sea completa, que se baste, que de
algún modo se cierre sobre sí misma de tal manera que tengamos ya que
plantearnos ninguna cuestión válida más allá. No se trata de negar o limitar la
ciencia, se trata de saber si ella tiene el derecho de negar o excluir como
ilusorias todas las búsquedas que no proceden, como ella, por medidas,
comparaciones y que no concluyen con leyes tales como las de la física clásica,
encadenado tales consecuencias a tales condiciones. No sólo esta cuestión no
señala ninguna hostilidad al respecto de la ciencia, sino que incluso es la
propia ciencia la que, en sus desarrollos más recientes, nos obliga a
plantearla y nos invita a responderla negativamente.
Porque, desde
fines del siglo XIX, los sabios se acostumbraron a considerara sus leyes y
teorías no ya como la imagen exacta de lo que ocurre en las Naturaleza, sino
como esquemas siempre más simples que el acontecimiento natural, destinados a
ser corregidos por una investigación más precisa, en una palabra, como
conocimientos aproximados. Los hechos que nos propone la experiencia están
sometidos por la ciencia a un análisis que no podemos esperar que alguna vez se
concluya, puesto que no hay límites a la observación y por que siempre es
posible imaginarla más completa o exacta de lo que es un momento determinado.
Lo concreto,
lo sensible asignan a la ciencia la tarea de una elucidación interminable, y de
esto resulta que no es posible considerarlo, a la manera clásica, como una
simple apariencia destinada a que la inteligencia científica la supere. El
hecho percibido y, de una manera general los acontecimientos de la historia del
mundo no puede ser deducidos de cierta cantidad de leyes que compondrían la
cara permanente del universo; a la inversa, es la ley precisamente una
expresión aproximada del acontecimiento físico y deja de subsistir su opacidad.
El sabio de hoy no tiene ya, como del período clásico, la ilusión de acceder al
corazón de las cosas, al objeto miso. En este punto, la física de la
relatividad confirma que la objetividad absoluta y última es un sueño,
mostrándonos cada observación estrictamente ligada a la posición del
observador, inseparable de su situación, y rechazando la idea de un observador
absoluto. En la ciencia, no podemos jactarnos de llegar mediante el ejercicio
de una inteligencia pura y no situada a un objeto puro de toda huella humana y
tal como Dios lo vería. Lo cual nada quita a la necesidad de la investigación
científica y sólo combate el dogmatismo de una ciencia que se consideraría el
saber absoluto y total. Simplemente, esto hace justicia a todos los elementos
de la experiencia humana, y en particular a nuestra percepción sensible.
Mientras que
la ciencia y la filosofía de las ciencias abrían así la puerta a una
exploración del mundo percibido, la pintura, la poesía y la filosofía entraban
resueltamente en el dominio que les era así reconocido y nos daban de las
cosas, del espacio, de los animales y hasta del hombre visto desde afuera, tal
y como aparece en el campo de nuestra percepción, una visión muy nueva y muy
característica de nuestro tiempo. En nuestras próximas conversaciones nos
gustaría describir algunas de las adquisiciones de esta búsqueda.
El Mundo de la Percepción – Siete Conferencias
Fondo de
Cultura Económica - México – 2006
La experiencia o la suerte
La experiencia o la suerte
¿Qué quiere
decir “experiencia”? Un término que para Bataille está antes de que se defina:
la experiencia no se traduce en el discurso, como otro de sus términos, tampoco
es lo expresado por la literatura o la filosofía. La experiencia no es un
pensamiento ni la inteligencia de algo, mucho menos lo que se habrá de expresar
gracias a un don verbal. La experiencia es un dato interior, es decir, de
alguna manera inexpresable. De allí que su punto de partida consista en hablar
de lo que no se puede decir, algo que tradicionalmente se llamó “mística”.
“Entiendo por experiencia interior lo
que habitualmente se llama experiencia
mística”, es la primera afirmación de Bataille al respecto. Pero tiene que
limitar luego esa analogía inicial. El éxtasis y el rapto de los que hablará,
como estados que no se reducen a su expresión, se parecen a los de la mística,
pero no son idénticos. No hay una confesión, una fe en alguna existencia
sustraída de la muerte, que sostenga la experiencia. Se trata de un puro rapto,
sin lazos, sin revestimientos religiosos. La experiencia interior será un punto
de refutación de todo lo que haya establecido, ya que no se apoya en algo
intuido, como trascendencia de lo sabido; su principio es el no-saber. Es algo
que no desemboca en nada, o que lo niega todo para encontrar la nada. Y así
define un lugar íntimo, tan inaccesible como evidente detrás de las
percepciones, creencias y saberes: “La experiencia es la puesta en cuestión
(puesta a prueba), en la fiebre y la angustia, de lo que un hombre sabe por el
hecho de existir”. Y lo que alguien sabe porque existe es en primer lugar un
yo, el que se sabe y se dice como punto ciego y punto instaurador del discurso.
Ese yo sigue un camino, su habla, y cree tener experiencia separada, enfrentada
a los demás seres y al mundo, que se convierten en objetos al costado del
camino. El sujeto separado del objeto es la consecuencia necesaria de su
método. Pero, ¿qué le importa de verdad al que existe? Ni el yo ni el camino,
sino el encuentro, el deseo del encuentro, lo posible que se abre hasta en las
cosas menos esperadas. El que existe quiere contagiar su fiebre a todo aquello
que toca, quiere una presencia no separada, o sea la angustia que se anticipa
al insólito encuentro de la muerte. Pero un existencia ilimitada es impensable
para un sujeto, siempre limitado, por lo tanto su dese es limitar lo real
mediante la destrucción de lo que sabe, que es la destrucción del yo. No hay
que olvidar que un yo es una miniatura de Dios, y muere junto con éste. La
experiencia busca pues lo desconocido, no un camino sino el extravío, la
dispersión, y es algo desconocido que no puede captarse, volverse conocido como
un concepto.
Bataille. Una
introducción. pp. 75-76
Silvio Mattoni
viernes, 16 de agosto de 2013
Sade, Bataille y la representación maldita
Sade, Bataille y la
representación maldita
En un muy bello artículo, Georges Batille dice del surrealismo:
Yo, cada vez que tuve la ocasión de hacerlo, me opuse al
surrealismo. Y ahora quisiera afirmarlo desde dentro, tal como la exigencia que
soporté y como la insatisfacción que siento.
Salvando las distancias, es una relación semejante la que tengo
con George Bataille –una relación tanto de grande desconfianza como de gran
diferencia-.
Ya que si uno se ubica a cierta altura o a cierta profundidad, no
es posible evitarlo. No se puede evitar su tormento. No se puede evitar su loca
tentativa de pensar lo que él llama lo “impensable” y que es a la vez nuestra
noche y el corazón palpitante de nuestra noche.
Esta relación contradictoria con Bataille la tuve desde el
principio. Pero se inscribe en mí con una violencia subterránea a medida que yo
me acercaba a Sade, que fue tan importante para él.
En realidad, al revés de la mayoría, yo no accedí a Sade gracias a
Bataille. Creo, al contrario, haber aprehendido mejor a Bataille gracias a
Sade. Como si la luz deslumbrante de Sade me hubiera permitido avanzar en la
noche de Bataille, al punto de poder discernir mejor su tormento en el hecho de
que su teoría de la transgresión participa de la misma maldición de la
representación que está en el origen de su “odio por la poesía”.
Sin otra pretensión, es este extraño efecto óptico lo que quisiera
evocar aquí.
En primer lugar, señalando que la introducción de Bataille a su
famoso ensayo sobre erotismo está como aprisionada entre dos invocaciones
mayores, Sade y Rimbaud, considerados el vínculo entre transgresión y poesía
–en la medida en que una y otra conducen a la “encrucijada de violencias
fundamentales”- de las que Bataille no dejará de hablar, subrayando incansablemente
que “no sabemos hablar de ellas”.
Es en este sentido que su relación con Sade es particularmente
esclarecedora. Ya que si Bataille les reprocha a los surrealistas que exalten a
Sade para ocultar sus faltas, es inevitable comprobar que él mismo no duda en
utilizarlo como la más aproximada justificación de su propio pensamiento.
Resulta así un increíble entramado de observaciones notables sobre
Sade, pero también de visiones completamente desenfocada. Bataille parece
extrañamente consciente de ello desde el inicio de su ensayo sobre el erotismo,
ya que inmediatamente después de haber dado la definición según la cual el
erotismo “es la aprobación de la vida hasta la muerte”, se cuida de precisar:
Hay aquí una paradoja tan
grande que, sin esperar más, intentaré darle una apariencia de razón de ser a
mi afirmación mediante las dos citas siguientes: “Desgraciadamente el secreto
es bastante cierto – observa Sade-, y no hay un libertino algo avezado en el
vicio que no sepa cuánto poder sobre los sentidos tiene el crimen…” él mismo
escribe esta frase muy singular: “No hay mejor manera de familiarizarse con la
muerte que asociarla a una idea libertina.”
Lo que muestra bastante bien de qué manera Bataille imbrica su
pensamiento con el de Sade, aun cuando reconoce la utilización poco rigurosa
que hace del mismo -¿acaso no habla de una “apariencia de razón de ser? – Pero
no sin agregar: “Sin embargo, sigue habiendo una relación entre la muerte y la
excitación sexual”.
Ese es el pretexto para un extraño deslizamiento por el cual,
aparentado hablar de Sade, Bataille habla de sí mismo. Ya que ese acercamiento
entre la muerte y la excitación sexual es muy distinto en Sade que en Bataille.
Así, cuando Sade adelanta:
“No hay mejor manera de familiarizarse con la muerte que asociarla a una idea
libertina”, semejante afirmación para nada remite a esa fascinación por la
muerte que Bataille no puede disociar del hecho erótico.
En la perspectiva libertina de Sade se trata más bien de una
fascinación de ese orden y para evitar sus trampas.
Asimismo, si Sade dice que “no hay un libertino algo avezado en el
vicio que no sepa cuánto poder sobre los sentidos tiene el crimen”, no debe
verse en ello la búsqueda de “una negación que nos conduce al límite de todo lo
posible”, como sostiene Bataille, sino la afirmación de una criminalidad que,
para Sade, está en el origen mismo del deseo. Lo cual es completamente
diferente. Sobre todo cuando esta criminalidad aparece como garantía de la
ferocidad del deseo para atrapar su objeto, tanto en sentido literal como
figurado.
Es precisamente allí donde se suitúa la oposición radical entre
Sade y Bataille. En la medida en que para Bataille esta relación entre la
muerte y el erotismo corresponde a la “disolución de la forma”, lo convence de
la imposibilidad de representar. Mientras Sade, por lo contrario, se remite a
esa precisión criminal del deseo, reduciéndola al cuerpo y a sus
particularidades, para representar lo que justamente se supone que no puede ser
representado.
Así, en Bataille, la fascinación de la muerte instaurando el reino
de lo indiferenciado lleva el borramiento del cuerpo. Sade, a la inversa, hace
del cuerpo el punto de partida inevitable de los grandes espectáculos del deseo
y de sus perspectivas imaginarias.
Puesto que para Sade “la filosofía debe decirlo todo”, es al
precio de esa objetivación furiosa. Y si se esfuerza por conseguirlo apostando
todo a la singularidad física en el origen del trastorno, es a fin de hacernos
sentir físicamente de qué manera implacable la invasiva irrealidad del deseo
ocupa paradójicamente en cada ocasión todo el espacio, para sin duda
desmoronarse con su realización, pero sólo después de haber corporizado lo
imaginario.
En esto reside por otra parte el inigualable acontecimiento de Las ciento veinte jornadas de Sodoma, al
inaugurar como un nuevo lugar mental – algo nunca visto- el insostenible teatro
de lo imaginario del cuerpo.
Lo extraordinario es que Bataille es uno de los muy contentos en
haber sentido, antes que comprendido,
la conmovedora verdad de esta encarnación paradójica. Así, al contrario de
Maurice Blanchot, a quien sin embargo recurre aprehender la coherencia de Sade
–incluso cuando Blanchot se limita a ver en Sade a un “absoluto literario”-,
Bataille dice lo esencial al señalar, por ejemplo:
A menos que no le preste
atención, nadie termina Las ciento veinte
jornadas de Sodoma sino enfermo: el más enfermo es sin duda a quien esta
lectura lo enerva sensualmente.
O aún al declarar:
Lo que Sade quiso hacer
entrar en la conciencia, fue exactamente aquello que sublevaba a la conciencia.
Observaciones tanto más notables en cuanto toda la reflexión de
Bataille sobre el erotismo tiende a invalidar la posibilidad de un efecto
semejante en el orden de la representación.
Por otra parte, la prueba de la equivalencia entre la muerte y el
erotismo, ¿no significa, para él, que tanto una como otra conducen a “la
apertura hacia la comunidad ininteligible, incognoscible”, e decir, a lo
irrepresentable?
Ya que esa es, a fin de cuentas, la imprecisión metafísica que
siempre vuelve a atenuar en Bataille esa imposibilidad de representar, hasta
que alcanza a reavivar un dualismo de la carne y la mente del cual querría
escapar, aunque no pueda.
No insistiré aquí en el
misticismo invertido que es la consecuencia directa de esto, y del cual deja
testimonio, por ejemplo, el final del prefacio a Madame Edwarda:
Pero el ser abierto sin
reservas – a la muerte, al suplicio, a la alegría-, el ser abierto y mugiente,
doloroso y dichoso, aparece ya en su luz vedada: esta luz es divina. Y el grito
que ese ser profiere, ¿en vano?, con la boca torcida, es un inmenso aleluya
perdido en silencio sin fin.
Tampoco insistiré sobre el irremediable desgarro que debió sufrir
Bataille para engendrar escritos eróticos donde la búsqueda de un frenesí
pornográfico parece ir acompañada del aumento, a partir de los años 30, de un
frenesí teórico que ya no cesará.
Al punto de llegar a preguntarse si el recurso a la noción de transgresión, precisamente en la misma
época, no habrá cumplido la función de una formidable pantalla teórica para ocultar la transgresión que Bataille no puede
llevar a cabo de sí mismo y que es la de la violencia poética.
Esa violencia poética que es tanto la de Raimbaud como la de Sade,
y que no desemboca –como cree Bataille- “en la indistinción, en la confusión de
objetos distintos”, sino muy al contrario en el surgimiento de otra manera de
pensar cuya terrible precisión física compromete al ser entero, sometiendo toda
representación preexistente a la prueba del cuerpo sensible. Seguramente,
entonces, es la idea –en tanto que mentira abstracta- la primera amenazada por
esta violencia poética.
Así, sería inútil buscar un enfoque más alejado que el de Bataille
quien, tropezando con la imposibilidad de decir, no cesa de teorizar sobre esa
imposibilidad para perderse todavía más en una actividad discursiva de una
monotonía más difícil de soportar que la que él le reproche a Sade.
¿Es decir que Bataille se condena a una actividad de simple
filósofo, aun cuando él pretenda “apelar a la sensibilidad antes que la
inteligencia y que, a partir de allí, es la expresión por su carácter sensible
lo que más importa”?
¿Es decir que –así como está deslumbrado de constatarlo en Sade –
en él la conciencia nunca se deja alterar por la violencia que la habita,
aunque reconoce para sí mismo “a partir de cierto momento la necesidad de
apelar a la turbación”? ¿No llega hasta anticipar que si su filosofía no
pudiera “expresarse de ninguna manera bajo una forma sensible, no quedaría absolutamente
nada de ella”?
Evidentemente, algo de ella queda. Y ese algo que me fascina en
Bataille es lo que surge como un
relámpago de la masa de discurso teórico y le es completamente
heterogéneo, en tanto desprendimiento del orden pasional. Como si un extraño
proceso recargarse el razonamiento cultivo, de donde pueden nacer entonces
asombrosos fulgores, ¿Quién de entre nosotros no ha sido marcado por esas
frases o medias frases de Bataille que de pronto iluminan trozos enteros de la
realidad?
El hecho es que, contrariamente a las apariencias, Bataille no
piensa. Curiosamente, como Sade, a quien sin embargo no ha dejado de oponerlo,
tiene una manera de pensar que es sólo suya, porque está completamente ligada a
su funcionamiento erótico atormentado,. Una manera de pensar azorada y ciega,
pero que le permite ver mucho más que a cualquiera.
Así ocurre con ciertos artículos de Documents o de Critique,
donde se toma menos tiempo para reflexionar que para decir. Para entonces decir
simple y magníficamente lo que lo obsesiona. Como, por ejemplo, a propósito del
surrealismo, cuya verdadera apuesta percibe al reconocer, está el surrealismo y
nada más”.
Y entonces es asombroso ver cómo, sin darse cuenta, Bataille
encuentra de pronto el camino poético a partir de casi nada, como “ese pequeño
crujido abriendo un mundo aún inaccesible” que evoca en un texto de 1940, Los devoradores de estrellas.
Es por eso que no dejé de prestar atención a “ese debate del ser
en la noche” en el que Bataille habrá buscado el sentido de su actividad, a
expensas de un desprecio por el cuerpo que me disuade de seguirlo a menos que
sea de gran distancia.
Sin embargo, no he dejado de sentirme conmovida al reconocer con frecuencia
en él la voz de un chico que no para de hablar en la noche a fin de engañar a
su miedo que es también el nuestro.
Annie Le Brun. No se encadena
a los volcanes. Editorial Argonauta. Buenos Aires. 2011. pp. 87 -103
jueves, 15 de agosto de 2013
Tela de Juicio (sobre Lea Lublin)
Tela de juicio
Lo
erótico y lo blanco según Lea Lublin
Isabel Plante y Teresa Riccardi
Los visitantes de la Exposición Panamericana de Ingeniería de 1970 en el predio de la Sociedad Rural Argentina
pudieron ver (aunque no por mucho tiempo) la siguiente imagen: un hombre y una
mujer desnudos sobre un lecho. Más o menos así (y con cierta ironía) lo
transmitió la prensa cuando se hizo eco de la noticia sobre la censura policial
de esta obra que Lea Lublin tituló Blanco
sobre Blanco y presentó como parte de la exposición de arte montada en el
stand de la empresa Acrílicos Paolini.
La obra probablemente se destruyó pero a partir de las
descripciones y las fotos publicadas en los periódicos (con una franja negra
cruzada), podemos intentar podemos intentar rememorarla. Las dos figuras en
cuestión sobre dos placas de acrílico superpuestas. Se los veía abrazados
besándose, representados con un dibujo realista y sintético similar al de las
revistas de historietas como El Tony.
El “lecho” era, en verdad, una sábana blanca
real arrugada, apretada y sobresaliendo por entre las placas de acrílico. Según
la descripción de Bernard Teyssèdre, sobre la primera plancha la artista había
pintado las siluetas con color blanco, y sobre la segunda, con líneas de punto
negras. Como el acrílico era transparente, a su vez esos dibujos proyectaban
sus sombras sobre el fondo, lo que contribuía a la sensación de estar frente a
dos cuerpos (suelen ser los cuerpos los que proyectan sombras y no las
imágenes).
Lea Lublin utilizaba el mismo recurso que el cientista Jesús
Rafael Soto había explorado en los años ´50: planchas de acrílico con cierta
distancia entre ellas. Al desplazarse el espectador con la vista fija en la
obra, la superposición de los dibujos varía y se tiene la ilusión de que lo que
se mueve es la imagen. Empleando los patrones de interferencia ópticos desde
una “otra” figuración, la artista ensayaba por primera vez posibilidades
visuales para un conocido tabú: el desnudo y la erótica de los amantes.
Blanco sobre Blanco sugería varios sentidos igualmente literales. Eran dos planchas
de acrílico pintadas con blanco, pero también representaba dos personas
blancas, una sobre otra y a su vez sobre una sábana blanca. En este sentido la
obra de Lublin parecía un homenaje a Malevich y su obra clave de la pintura
moderna, Blanco sobre blanco. Al
mismo tiempo, incitaba a una revisión de la dimensión mística que el artista
ruso daba a la imagen. Los avatares de esta pieza de Lea (censura y juicio por
atentado al pudor)[1]
deben haber sido una confirmación respecto de la pertinencia de continuar esa
indagación iniciada en 1967 como Proceso
a la imagen; de hecho, ése fue el título que dio pocos meses más tarde a su
exposición[2].
Éste aludía a una pregunta más teórica por la naturaleza y el estatuto de las
imágenes, pero también al concretísimo proceso judicial al que fue sometida
luego de la censura de Blanco sobre
blanco.
La contundencia de la respuesta a esta obra sólo puede entenderse
en relación con la intolerancia de un sujeto de “buena moral” a verse
moviéndose y acomodándose para mirar a una pareja en el sospechado acto sexual.
Esta dimensión corporal ponía en evidencia una actividad perfomativa, casi
voyerista, que a los ojos de un conservadurismo remilgado aparecía como un acto
incidente. ¿La obra mostraba parejas “modernas” disfrutando del placer sexual?
En definitiva, la propuesta motorizaba el deseo inefable de “ver” lo que
anidaba en su propia fantasía, lo que proyectaba con su mirada más que lo se
hacía efectivamente presente en la imagen.
El erotismo, aquel lenguaje por excellance de la libido, de lo sugerido y lo sugerente, volvían al
ojo y a la psique de aquellos espectadores, órganos atentos y dispuestos a la
fruición provocada por la contemplación “artística” del placer sexual. Entre el
deseo y la prohibición, el imaginario de la sensualidad y el desnudo formaban
parte del repertorio de modernización sexual de los años sesenta en la Argentina , y fueron
tratados por diversos artistas que buscaban articular un lenguaje visual renovador.
Los colchones “blancos y eróticos” que proponía Marta Minujín como Eróticos en Technicolor, las esculturas
de vulvas gigantes en los Bioscosmos
de Emilio Renart y las filmaciones experimentales de desnudos realizadas por
Oscar Bony, eran representativos de la libertad sexual a la que aspiraba un
sector de la sociedad. Del mismo modo, Blanco sobre blanco se convirtió en un
testimonio de esa libertad mientras entraba en las fojas judiciales, señalando
las maracas de un Estado que reprimía la sexualidad y la expresión en el arte
argentino.
Revista “Blanco sobre blanco”. Año 1 / número 1. Septiembre
2011. pp. 57-58
[1] Paola Melgarejo y Florencia Vallarino, “El discurso del arte
entre la estética y la censura”, en María José Herrera (comp.), Exposiciones de
arte argentino 1956 – 2006, Buenos Aires, Asociación Amigos del Museo Nacional
de Bellas Artes, 2009. pp. 137-147
[2] Lea Lublin “Proceso de la imagen I” índice de la imagen
(1967-1967), en Proceso a la imagen, Recorrido conceptual, Buenos Aires, Galería
Carmen Waugh, diciembre de 1970, s/p
viernes, 9 de agosto de 2013
Juan L. Ortiz
Mi experiencia
Por Juan L. Ortiz
Nací como
Mastronardi y Villanueva en Gualeguay, pero la “vergüenza política” que Ueda
sentir como este último no me impide que sienta por mi pueblo un especial
cariño y que me sienta muy profundamente ligado a este paisaje. Muy
profundamente. Creo, además que la circunstancia de ser la cuna de los poetas
nombrados, alza tan alto el honor de una ciudad que no pueden alcanzarse los apresuramientos
adquisitivos de algunos de sus
políticos.
¿Referencias
concretas de mi vida? Permítaseme que no le dé ninguna importancia. Apenas si
los años y el estudio y la experiencia, sobre todo la experiencia, la
experiencia poética, la experiencia humana, la experiencia íntima, me han
permitido dar algún esbozo de forma a mis reacciones frente al mundo, frente a
las cosas, frente al paisaje con todos los elementos que lo constituyen,
ambicionando para la poesía la mayor flexibilidad de movimientos y la mayor
amplitud de sentido, sin desmedro, claro está, del necesario ritmo y de la
necesaria ligereza.
Pienso que
apenas si somos agentes de una voluntad de expresión y de ritmo que está en la
vida, en la vida de todos, en la vida del mundo y de las cosas y que, si
conforme a ello, aumenta nuestra responsabilidad, no cuenta en cambio, no debe
contar, todo lo que atañe a nuestros éxitos, bien pequeños, por cierto, con
respecto a las posibilidades infinitas y de varia índole que existen. La poesía
no pertenece a nadie o es de todos. De aquí que debamos hacer todo lo posible
para crear las condiciones necesarias para que todos la sientan, o mejor para
que todos puedan vivirla en todos los momentos, como
que todos los
momentos tiene su ritmo. Lo que significa colaborar en la transformación del
mundo, en el cambio de la vida. Creo con Cassou que el destino de la poesía
está ligada a este cambio.
Esto, desde
luego, sin cerrar la sensibilidad a ningún mensaje poético, venga de donde
venga, siempre que haya respondido a una íntima necesidad, que sea auténtico,
en una palabra.
MADÍ
Manifiesto preasistemático.
Si el pintor, el escultor, el poeta, el
arqui tecto madí están a salvo, es porque no preten den falsificar la
posteridad. Construyen un arte de hoy. No les preocupa la posesión du rable de
una verdad ni los datos que la refle xión hace inoperantes, si los valores
comuni cables y de conmoción no tienen apoyatura en círculos socialmente
trascendentes.
Nuestro siglo, el de las dos X, ya no parti cipa de la tradición grecolatina-egipcia. Es, in dudablemente, un universalismo, En la actua lidad, la obra madí es la más emocionada franquicia que alerta todos los atributos del espíritu.
Nuestro siglo, el de las dos X, ya no parti cipa de la tradición grecolatina-egipcia. Es, in dudablemente, un universalismo, En la actua lidad, la obra madí es la más emocionada franquicia que alerta todos los atributos del espíritu.
De nada sirve forjar un nuevo sistema
de significaciones. Esa empresa no nos corres ponde, aunque en ella campea una
especie de impunidad de la que suelen aprovecharse los improvisadores. De ahí
el consentimiento que damos al artista no figurativo, que no sobre pasa al
hombre, sino que lo prueba. Y lo prue ba al dotar la realidad cotidiana de una
res puesta. Dar respuestas es adelantar, sufrir su desarrollo, comprobar la
fidelidad de la tensión estética. Es por eso que esa vinculación de artistas,
como en nuestro caso, no puede ci frar su comunidad en una palabra, ni en una
meta remota. Lo que fusiona al grupo son las realizaciones palpables, que se
identifican por su estilo y el basamento social donde se de senvuelven sus
integrantes.
Madí hará su parte en la necesaria
selección de las innovaciones que determinará la sedimentación del proceso
sociológico. Por consiguiente, es un dislate pensar que el ar tista madí emplea
un idioma desconocido, des humanizador, aparentemente ininteligible para el
público o para una crítica precaria que lo cualifica como una distracción de la
cerebra ción o una irremisibilidad decorativa, cuando nuestro objetivo es el de
interferir en lo des conocido, una consecuencia, la más construc tiva quizá de
nuestra época.
Mientras tanto, no puede haber tentativa de quebrar en estilo que fluye sin cortapisas del acto creador. Y si algún intento en sus co mienzos pudo ser perjudicial para la tranqui lidad pública, fértil en apremios y denso en interrogación apasionada, se impone más tar de una mesura, un rigor, una cohesión, una purga de silencio, hasta que la obra de arte se haga indiscutible, como un árbol.
Mientras tanto, no puede haber tentativa de quebrar en estilo que fluye sin cortapisas del acto creador. Y si algún intento en sus co mienzos pudo ser perjudicial para la tranqui lidad pública, fértil en apremios y denso en interrogación apasionada, se impone más tar de una mesura, un rigor, una cohesión, una purga de silencio, hasta que la obra de arte se haga indiscutible, como un árbol.
Está cambiando la concepción visiva y
la es tructura de la mundanidad, y sobre todo cam bia el tránsito que va de la
conciencia al he cho, de la imaginación a la presencia.
Su utilidad, su condición energética de trans formación hacen que la pintura, la vivienda, la poesía, todas las artes, se liberen definitiva mente. Un próximo manifiesto asistemático madí * abarcará entre otras cosas, las relacio nes del objeto inventado, su integración en otra arquitectura y las teorías que, apoyadas en un vigoroso impulso colectivo, a veces beli gerante, pugnan por adelantar una nueva for ma de cultura.
Las ramificaciones e influencia de madí, ya escapan, previsiblemente, a la innecesaria es tadística de su núcleo central en Buenos Aires. Comprobamos, con júbilo, coincidencia de es tilo en artistas americanos y europeos.
Su utilidad, su condición energética de trans formación hacen que la pintura, la vivienda, la poesía, todas las artes, se liberen definitiva mente. Un próximo manifiesto asistemático madí * abarcará entre otras cosas, las relacio nes del objeto inventado, su integración en otra arquitectura y las teorías que, apoyadas en un vigoroso impulso colectivo, a veces beli gerante, pugnan por adelantar una nueva for ma de cultura.
Las ramificaciones e influencia de madí, ya escapan, previsiblemente, a la innecesaria es tadística de su núcleo central en Buenos Aires. Comprobamos, con júbilo, coincidencia de es tilo en artistas americanos y europeos.
Nuestro propósito es que madí, llegado
a adulto **, tenga el poder suficiente de disol ver la política en arte. Por
eso y por un mar gen razonable de provisionalidad, que roza a todo movimiento
de vanguardia, es que sus alcances son en gran parte de orden mediato, en un
postergado torneo con el tiempo ***. Pero siendo madí un mundo obstinadamente
abierto a todos y que ha nutrido no pocas in teligencias, es casi seguro que,
por una vez siquiera, hemos hecho que el futuro sirva pa ra algo, pero
anticipadamente.
Buenos Aires, 1956
* Creemos que los manifiestos pueden
anularse secretamente unos a otros, En este caso lo de "asiste
mático" viene a confirmar la poca eficacia de las de claraciones por
sistema y por temporada. Desde el ma nifiesto madí de 1946 no ha habido otros.
Se impone, pues, una revisión y nuevas y más dilatadas perspectivas.
** Con esta exposición internacional que se realiza en la Galería Bonino, madí cumple dos lustros de existencia. La primera exposición se realizó en 1946, en el Instituto Francés de Estudios Superiores, Galería Van Riel. Con anterioridad, en el año 1945, se realiza la primera muestra del grupo, pero en ese entonces con el nombre de Arte Concreto-Invención.
*** Son permutaciones predecibles, por cuanto la lógica y la ciencia harán extricable determinado alcance excesivo de expresión, transformador de nuestra realidad.
** Con esta exposición internacional que se realiza en la Galería Bonino, madí cumple dos lustros de existencia. La primera exposición se realizó en 1946, en el Instituto Francés de Estudios Superiores, Galería Van Riel. Con anterioridad, en el año 1945, se realiza la primera muestra del grupo, pero en ese entonces con el nombre de Arte Concreto-Invención.
*** Son permutaciones predecibles, por cuanto la lógica y la ciencia harán extricable determinado alcance excesivo de expresión, transformador de nuestra realidad.
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