Sade, Bataille y la
representación maldita
En un muy bello artículo, Georges Batille dice del surrealismo:
Yo, cada vez que tuve la ocasión de hacerlo, me opuse al
surrealismo. Y ahora quisiera afirmarlo desde dentro, tal como la exigencia que
soporté y como la insatisfacción que siento.
Salvando las distancias, es una relación semejante la que tengo
con George Bataille –una relación tanto de grande desconfianza como de gran
diferencia-.
Ya que si uno se ubica a cierta altura o a cierta profundidad, no
es posible evitarlo. No se puede evitar su tormento. No se puede evitar su loca
tentativa de pensar lo que él llama lo “impensable” y que es a la vez nuestra
noche y el corazón palpitante de nuestra noche.
Esta relación contradictoria con Bataille la tuve desde el
principio. Pero se inscribe en mí con una violencia subterránea a medida que yo
me acercaba a Sade, que fue tan importante para él.
En realidad, al revés de la mayoría, yo no accedí a Sade gracias a
Bataille. Creo, al contrario, haber aprehendido mejor a Bataille gracias a
Sade. Como si la luz deslumbrante de Sade me hubiera permitido avanzar en la
noche de Bataille, al punto de poder discernir mejor su tormento en el hecho de
que su teoría de la transgresión participa de la misma maldición de la
representación que está en el origen de su “odio por la poesía”.
Sin otra pretensión, es este extraño efecto óptico lo que quisiera
evocar aquí.
En primer lugar, señalando que la introducción de Bataille a su
famoso ensayo sobre erotismo está como aprisionada entre dos invocaciones
mayores, Sade y Rimbaud, considerados el vínculo entre transgresión y poesía
–en la medida en que una y otra conducen a la “encrucijada de violencias
fundamentales”- de las que Bataille no dejará de hablar, subrayando incansablemente
que “no sabemos hablar de ellas”.
Es en este sentido que su relación con Sade es particularmente
esclarecedora. Ya que si Bataille les reprocha a los surrealistas que exalten a
Sade para ocultar sus faltas, es inevitable comprobar que él mismo no duda en
utilizarlo como la más aproximada justificación de su propio pensamiento.
Resulta así un increíble entramado de observaciones notables sobre
Sade, pero también de visiones completamente desenfocada. Bataille parece
extrañamente consciente de ello desde el inicio de su ensayo sobre el erotismo,
ya que inmediatamente después de haber dado la definición según la cual el
erotismo “es la aprobación de la vida hasta la muerte”, se cuida de precisar:
Hay aquí una paradoja tan
grande que, sin esperar más, intentaré darle una apariencia de razón de ser a
mi afirmación mediante las dos citas siguientes: “Desgraciadamente el secreto
es bastante cierto – observa Sade-, y no hay un libertino algo avezado en el
vicio que no sepa cuánto poder sobre los sentidos tiene el crimen…” él mismo
escribe esta frase muy singular: “No hay mejor manera de familiarizarse con la
muerte que asociarla a una idea libertina.”
Lo que muestra bastante bien de qué manera Bataille imbrica su
pensamiento con el de Sade, aun cuando reconoce la utilización poco rigurosa
que hace del mismo -¿acaso no habla de una “apariencia de razón de ser? – Pero
no sin agregar: “Sin embargo, sigue habiendo una relación entre la muerte y la
excitación sexual”.
Ese es el pretexto para un extraño deslizamiento por el cual,
aparentado hablar de Sade, Bataille habla de sí mismo. Ya que ese acercamiento
entre la muerte y la excitación sexual es muy distinto en Sade que en Bataille.
Así, cuando Sade adelanta:
“No hay mejor manera de familiarizarse con la muerte que asociarla a una idea
libertina”, semejante afirmación para nada remite a esa fascinación por la
muerte que Bataille no puede disociar del hecho erótico.
En la perspectiva libertina de Sade se trata más bien de una
fascinación de ese orden y para evitar sus trampas.
Asimismo, si Sade dice que “no hay un libertino algo avezado en el
vicio que no sepa cuánto poder sobre los sentidos tiene el crimen”, no debe
verse en ello la búsqueda de “una negación que nos conduce al límite de todo lo
posible”, como sostiene Bataille, sino la afirmación de una criminalidad que,
para Sade, está en el origen mismo del deseo. Lo cual es completamente
diferente. Sobre todo cuando esta criminalidad aparece como garantía de la
ferocidad del deseo para atrapar su objeto, tanto en sentido literal como
figurado.
Es precisamente allí donde se suitúa la oposición radical entre
Sade y Bataille. En la medida en que para Bataille esta relación entre la
muerte y el erotismo corresponde a la “disolución de la forma”, lo convence de
la imposibilidad de representar. Mientras Sade, por lo contrario, se remite a
esa precisión criminal del deseo, reduciéndola al cuerpo y a sus
particularidades, para representar lo que justamente se supone que no puede ser
representado.
Así, en Bataille, la fascinación de la muerte instaurando el reino
de lo indiferenciado lleva el borramiento del cuerpo. Sade, a la inversa, hace
del cuerpo el punto de partida inevitable de los grandes espectáculos del deseo
y de sus perspectivas imaginarias.
Puesto que para Sade “la filosofía debe decirlo todo”, es al
precio de esa objetivación furiosa. Y si se esfuerza por conseguirlo apostando
todo a la singularidad física en el origen del trastorno, es a fin de hacernos
sentir físicamente de qué manera implacable la invasiva irrealidad del deseo
ocupa paradójicamente en cada ocasión todo el espacio, para sin duda
desmoronarse con su realización, pero sólo después de haber corporizado lo
imaginario.
En esto reside por otra parte el inigualable acontecimiento de Las ciento veinte jornadas de Sodoma, al
inaugurar como un nuevo lugar mental – algo nunca visto- el insostenible teatro
de lo imaginario del cuerpo.
Lo extraordinario es que Bataille es uno de los muy contentos en
haber sentido, antes que comprendido,
la conmovedora verdad de esta encarnación paradójica. Así, al contrario de
Maurice Blanchot, a quien sin embargo recurre aprehender la coherencia de Sade
–incluso cuando Blanchot se limita a ver en Sade a un “absoluto literario”-,
Bataille dice lo esencial al señalar, por ejemplo:
A menos que no le preste
atención, nadie termina Las ciento veinte
jornadas de Sodoma sino enfermo: el más enfermo es sin duda a quien esta
lectura lo enerva sensualmente.
O aún al declarar:
Lo que Sade quiso hacer
entrar en la conciencia, fue exactamente aquello que sublevaba a la conciencia.
Observaciones tanto más notables en cuanto toda la reflexión de
Bataille sobre el erotismo tiende a invalidar la posibilidad de un efecto
semejante en el orden de la representación.
Por otra parte, la prueba de la equivalencia entre la muerte y el
erotismo, ¿no significa, para él, que tanto una como otra conducen a “la
apertura hacia la comunidad ininteligible, incognoscible”, e decir, a lo
irrepresentable?
Ya que esa es, a fin de cuentas, la imprecisión metafísica que
siempre vuelve a atenuar en Bataille esa imposibilidad de representar, hasta
que alcanza a reavivar un dualismo de la carne y la mente del cual querría
escapar, aunque no pueda.
No insistiré aquí en el
misticismo invertido que es la consecuencia directa de esto, y del cual deja
testimonio, por ejemplo, el final del prefacio a Madame Edwarda:
Pero el ser abierto sin
reservas – a la muerte, al suplicio, a la alegría-, el ser abierto y mugiente,
doloroso y dichoso, aparece ya en su luz vedada: esta luz es divina. Y el grito
que ese ser profiere, ¿en vano?, con la boca torcida, es un inmenso aleluya
perdido en silencio sin fin.
Tampoco insistiré sobre el irremediable desgarro que debió sufrir
Bataille para engendrar escritos eróticos donde la búsqueda de un frenesí
pornográfico parece ir acompañada del aumento, a partir de los años 30, de un
frenesí teórico que ya no cesará.
Al punto de llegar a preguntarse si el recurso a la noción de transgresión, precisamente en la misma
época, no habrá cumplido la función de una formidable pantalla teórica para ocultar la transgresión que Bataille no puede
llevar a cabo de sí mismo y que es la de la violencia poética.
Esa violencia poética que es tanto la de Raimbaud como la de Sade,
y que no desemboca –como cree Bataille- “en la indistinción, en la confusión de
objetos distintos”, sino muy al contrario en el surgimiento de otra manera de
pensar cuya terrible precisión física compromete al ser entero, sometiendo toda
representación preexistente a la prueba del cuerpo sensible. Seguramente,
entonces, es la idea –en tanto que mentira abstracta- la primera amenazada por
esta violencia poética.
Así, sería inútil buscar un enfoque más alejado que el de Bataille
quien, tropezando con la imposibilidad de decir, no cesa de teorizar sobre esa
imposibilidad para perderse todavía más en una actividad discursiva de una
monotonía más difícil de soportar que la que él le reproche a Sade.
¿Es decir que Bataille se condena a una actividad de simple
filósofo, aun cuando él pretenda “apelar a la sensibilidad antes que la
inteligencia y que, a partir de allí, es la expresión por su carácter sensible
lo que más importa”?
¿Es decir que –así como está deslumbrado de constatarlo en Sade –
en él la conciencia nunca se deja alterar por la violencia que la habita,
aunque reconoce para sí mismo “a partir de cierto momento la necesidad de
apelar a la turbación”? ¿No llega hasta anticipar que si su filosofía no
pudiera “expresarse de ninguna manera bajo una forma sensible, no quedaría absolutamente
nada de ella”?
Evidentemente, algo de ella queda. Y ese algo que me fascina en
Bataille es lo que surge como un
relámpago de la masa de discurso teórico y le es completamente
heterogéneo, en tanto desprendimiento del orden pasional. Como si un extraño
proceso recargarse el razonamiento cultivo, de donde pueden nacer entonces
asombrosos fulgores, ¿Quién de entre nosotros no ha sido marcado por esas
frases o medias frases de Bataille que de pronto iluminan trozos enteros de la
realidad?
El hecho es que, contrariamente a las apariencias, Bataille no
piensa. Curiosamente, como Sade, a quien sin embargo no ha dejado de oponerlo,
tiene una manera de pensar que es sólo suya, porque está completamente ligada a
su funcionamiento erótico atormentado,. Una manera de pensar azorada y ciega,
pero que le permite ver mucho más que a cualquiera.
Así ocurre con ciertos artículos de Documents o de Critique,
donde se toma menos tiempo para reflexionar que para decir. Para entonces decir
simple y magníficamente lo que lo obsesiona. Como, por ejemplo, a propósito del
surrealismo, cuya verdadera apuesta percibe al reconocer, está el surrealismo y
nada más”.
Y entonces es asombroso ver cómo, sin darse cuenta, Bataille
encuentra de pronto el camino poético a partir de casi nada, como “ese pequeño
crujido abriendo un mundo aún inaccesible” que evoca en un texto de 1940, Los devoradores de estrellas.
Es por eso que no dejé de prestar atención a “ese debate del ser
en la noche” en el que Bataille habrá buscado el sentido de su actividad, a
expensas de un desprecio por el cuerpo que me disuade de seguirlo a menos que
sea de gran distancia.
Sin embargo, no he dejado de sentirme conmovida al reconocer con frecuencia
en él la voz de un chico que no para de hablar en la noche a fin de engañar a
su miedo que es también el nuestro.
Annie Le Brun. No se encadena
a los volcanes. Editorial Argonauta. Buenos Aires. 2011. pp. 87 -103

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