Expedición a siempre:
Sigmund Freud
Quien haya visitado la casa donde vivió en Londres –hoy
transformada en museo- puede corroborarlo: los cuartos están saturados de
piezas de colección. Al parecer, había comenzado el acopio en octubre de 1896,
año en que murió su padre. Intuyendo, sin duda, que hay un fervor regresivo –un
intento de remediar una falta- en la sustitución y manipulación de objetos,
Freud se lanzó a como poner un bastión privado. Hay que pensar su interés en la
mitología desde esta perspectiva: esos objetos antiguos, fetichizados como
reliquias, no constituyen sólo un botín clasificable, a salvo de la angustia de
la praxis y el tiempo; son también, por su irrealidad profunda un repertorio de
la realidad esencial del fuero interno.
Un detalle: Freud no sólo coleccionaba máscaras o piedras de otras
eras; también catalogaba historias clínicas de mujeres, perversiones sexuales,
sueños, anécdotas, judías, lapsus y, en general, todo aquello que nos devuelve
mágicamente a la escena de origen. Con este sistema centralizado, diseñó una
cartografía de la mente –una teoría del deseo, la líbido y las pulsiones- para
captar una posible lógica de las pasiones. Intuyó también que una “serie” de
recuerdos exhumados lo llevaría directo a la atemporalidad del inconsciente.
Vistas desde la literatura, las afinidades entre psicoanálisis y
novela gótica resultan conmovedoras. ¿No es acaso también la psiquis humana una
casa atormentada por el pasado, llena de recámaras oscuras, invariablemente
clausuradas, que la figura detectivesca del analista “abre” –como si fuera el
alter ego de la muchacha curiosa- para construir un nuevo tipo de subjetividad?
No sólo eso: ambos discursos promueven, sin duda, una
interrogación del lenguaje, menos atada a ala Palabra que a otras posibilidades
no lingúísticas de sentido, como los sueños, la “locura” o los gestos del
cuerpo.

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