viernes, 9 de agosto de 2013

María Negroni

Gabinete de Curiosidades

Estuvieron de moda entre 1540 y 1740. Concebidos como theatri amplissimi, capaces de yuxtaponer a las facultades múltiples de la naturaleza el poder de síntesis de la mirada humana sus secciones solían incluir naturalia, scientifica y artificialia), eran, a la vez, dispositivos de luz y concisos microcosmos. Las grutas de los jardines ingleses, entre juegos de agua y paysags animés, fueron su vitrina ideal. Pero también los hubo interiores, como el famoso Kircherianum, cuya sede infrecuente, en ellos, la inclusión de autómatas.
Corresponde a Horst Bredekamp, autor de The Lure of Antiquity and the Cilt of Machine, la idea de lo que los gabinetes de curiosidades habrían ejercido gran influencia sobre las utopías. En efecto, nos dice, tanto Civitas Solis, de Tommasso Campanella, como la nova Atlantis, de Francis Bacon, fueron ideadas siguiendo sus reglas de composición.

Algo más: en la alternancia entre utilidad práctica y gratuidad que caracteriza a todo gabinete, en el deseo de crear un orden propio, aunque sea arbitrario, hay, sin duda, una imitación del gran juego divino. No sería, quizá, del todo falso concebir el mundo como gabinete de curiosidades de Dios. 


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