viernes, 9 de agosto de 2013

María Negroni

Expedición a siempre:
Sigmund Freud


Quien haya visitado la casa donde vivió en Londres –hoy transformada en museo- puede corroborarlo: los cuartos están saturados de piezas de colección. Al parecer, había comenzado el acopio en octubre de 1896, año en que murió su padre. Intuyendo, sin duda, que hay un fervor regresivo –un intento de remediar una falta- en la sustitución y manipulación de objetos, Freud se lanzó a como poner un bastión privado. Hay que pensar su interés en la mitología desde esta perspectiva: esos objetos antiguos, fetichizados como reliquias, no constituyen sólo un botín clasificable, a salvo de la angustia de la praxis y el tiempo; son también, por su irrealidad profunda un repertorio de la realidad esencial del fuero interno.
Un detalle: Freud no sólo coleccionaba máscaras o piedras de otras eras; también catalogaba historias clínicas de mujeres, perversiones sexuales, sueños, anécdotas, judías, lapsus y, en general, todo aquello que nos devuelve mágicamente a la escena de origen. Con este sistema centralizado, diseñó una cartografía de la mente –una teoría del deseo, la líbido y las pulsiones- para captar una posible lógica de las pasiones. Intuyó también que una “serie” de recuerdos exhumados lo llevaría directo a la atemporalidad del inconsciente.
Vistas desde la literatura, las afinidades entre psicoanálisis y novela gótica resultan conmovedoras. ¿No es acaso también la psiquis humana una casa atormentada por el pasado, llena de recámaras oscuras, invariablemente clausuradas, que la figura detectivesca del analista “abre” –como si fuera el alter ego de la muchacha curiosa- para construir un nuevo tipo de subjetividad?
No sólo eso: ambos discursos promueven, sin duda, una interrogación del lenguaje, menos atada a ala Palabra que a otras posibilidades no lingúísticas de sentido, como los sueños, la “locura” o los gestos del cuerpo.


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