Juguetes
El pintor De Chirico los llamó “adivinanzas para pequeños
príncipes”. Se incluyen aquí los trompos, las bicis, los títeres, las figuritas
brillantes, los gusanos de seda, las esferas de nieve, es decir, todo aquello
que transporte mágicamente a la ciudad maternal, a ese momento, siempre
absoluto –e irrecuperable- previo a la contaminación, el conocimiento y la
conciencia. Giorgio Agamben agregó que la pueralia
ludiera están emparentados a los ritos funerarios y los objetos rituales,
uniendo muerte e infancia, experiencia e historia. En el reino de un niño,
sostuvo, la miniaturización permite conocer todo antes que las partes y, por
tanto, vencer, captándolo a simple vista, lo temible del objeto.
Ese embeleso persiste en algunos adultos privilegiados. La boîte à joujoux que dedicó Débussy a su
hija Claude Emma en 1913 –cuyo “tema” es una caja de juguetes que se anima
–alcanza por sí sola como prueba. (Se recordará que Débussy, que fue amigo de
Mallarmé y de Satie, solía dar conferencias para chicos en la radio y que
compuso también la suite para piano Children´s
Corner, que incluye un arrorró infantil, una serenata para una muñeca.)
Por su parte, en uno de los libros más ferozmente bellos e
inadecuados de Walter Benjamin – Dirección
única -, en medio de una sorprendente galería de niños (Niño Leyendo, Niño
que llega tarde, Niño goloso, Niño en una calesita, Niño escondido, Niño
desordenado), se lee: “Cada piedra que encuentra, cada flor arrancada y cada
mariposa capturada son ya, para él el inicio de una colección. No bien ha
entrado en la vida y ya es un cazador: atrapa a los espíritus cuyo rastro
husmea en las cosas”. En la concepción bejaminiana del niño, se observará, no
se trata de encontrar lo nuevo, sino de renovar lo viejo haciéndolo propio, de
perderse por horas por las selva del sueño, donde los papeles de estaño son
tesoros de plata; los cubos de madera, ataúdes; los cactus, árboles totémicos;
y las monedas, escudos.
La felicidad infantil proviene de esa aglomeración azarosa,
solitaria y placentera, parecida a la que experimentará más tarde el poeta
moderno, encarnado para siempre en Baudelaire, cunado proyecte sobre las cosas
su mirada alegórica, transportando sus objets
trouvés al desorden de la poesía. Los
cajones donde le niño guarda sus tesoros son arsenales y zoológicos. Los del
poeta serán reservadas de imágenes y retazos de lenguaje. En ambos casos, se
trata de un objetivo muy simple y muy complejo: habitar un “tiempo perdido”.
Como los niños, los poetas intuyen el vínculo exacto entre curiosidad y
memoria, melancolía y resistencia, aventura y tolerancia. Y lo que buscan es
nada menos que liberar las cosas de su destino utilitario y al lenguaje de sus
taras más odiosas: quedarse en su propio coro de caza donde es posible seguir
siendo un pequeño príncipe. La poesía es la continuación de la infancia por
otros medios.

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