El
mundo percibido y el mundo de la ciencia
Maurice
Merleau-Ponty
El mundo de la
percepción, es decir, aquel que nos revelan nuestros sentidos y la vida que
hacemos, a primera vista parece el que mejor conocemos, ya que no se necesitan
instrumentos ni cálculos para acceder a él, y, en apariencia, nos basta con
abrir los ojos y dejarnos vivir para penetrarlo. Sin embargo, esto no es más
que una falsa apariencia. En estas conversaciones me gustaría mostrar que una
gran medida es ignorado por nosotros, mientras permanecemos en la actitud
práctica o utilitaria; que hizo falta mucho tiempo, esfuerzos y cultura para
ponerlo al desnudo, y que uno de los méritos el arte y el pensamiento modernos
(con esto entiendo el arte y el pensamiento desde hace cincuenta o setenta
años) es hacernos redescubrir este mundo donde vivimos pero que siempre estamos
tentados de olvidar.
Esto es
particularmente cierto en Francia. Uno de los rasgos, no sólo de las filosofías
francesas, sino también de lo que un poco vagamente se llama espíritu francés,
es reconocer a la ciencia y los conocimientos científicos un valor tal que toda
nuestra experiencia vivida del mundo resulta de un solo golpe desvalorizada. Si
quiero saber qué cosa es la luz, ¿no debo dirigirme al físico? ¿No es él quien me
dirá si la luz, como se lo pensó durante un tiempo, es un bombardeo de
proyectiles incandescentes o, como también se lo creyó, una vibración del éter
o, por último, como lo admite una teoría más reciente, un fenómeno ¿De qué
serviría consultar aquí nuestros sentidos, demorarnos en lo que nuestra
percepción nos enseña de los colores, los reflejos y las cosas que lo soportan,
ya que, manifiestamente, éstas no son sino apariencias, y tan sólo el saber
metódico del sabio, sus mediadas, sus experiencias pueden hacernos salir de las
ilusiones donde viven nuestros sentidos y hacernos acceder a la verdadera
naturaleza de las cosas? ¿No consistió, el progreso del saber, en olvidar lo
que nos dicen los sentidos ingenuamente consultados y que no tiene lugar en un
cuadro verdadero del mundo, sino como una particularidad de nuestra
organización humana, de la que la ciencia fisiológica dará cuenta un día, como
ya explica las ilusiones del miope o del présbite? El mundo verdadero no son
esas luces, esos colores, ese espectáculo de carne que me dan mis ojos; son las
ondas y los corpúsculos de los que me habla la ciencia y que encuentra tras
esas fantasías sensibles.
Descartes
llegó a decir que únicamente a través del examen de las cosas sensibles, y sin
recurrir a los resultados de las investigaciones eruditas, yo puedo descubrir
la impostura de mis sentidos y aprender a no confiar sino en la inteligencia.
Digo que veo un trozo de cera. Pero ¿qué es exactamente esta cera? Con
seguridad, no es ni el color blancuzco, ni el olor floral que acaso todavía
conservó, ni esa blancura que siente mi dedo, ni ese ruido opaco que hace la
cera cuando la dejo caer. Nada de todo eso es constitutivo de la cera, porque
puede perder todas esas cualidades sin dejar de existir, por ejemplo si la hago
fundir se transforma en un líquido incoloro, sin un olor apreciable y que ya no
resiste a la presión de mi dedo. Sin embargo, digo que la misma cera sigue
estando ahí, Entonces, ¿cómo hay que
entenderlo? Lo que permanece, a pesar del cambio de estado, no es más que un
fragmento de materia sin cualidades, y en su punto límite cierto poder de
ocupar el espacio, de recibir diferentes formas, sin que el espacio ocupado ni
la forma recibida sean en modo determinados. Ése es el núcleo real y permanente
de la cera. Sin embargo, es manifiesto que esa realidad de la cera no se revela
solamente a los sentidos, porque ellos siempre me ofrecen objetos de un tamaño
y una forma determinados. En consecuencia, la verdadera cera no se ve con los
ojos. Sólo es posible concebirla con la inteligencia. Cuando yo creo ver la
cera con mis ojos, lo único que hago es pensar, a través de las cualidades que
caen por su propio peso, en la cera desnuda y sin cualidades que su fuente
común. Para Descartes, por lo tanto – y durante mucho tiempo esta idea fue
omnipotente en la tradición filosófica en Francia-, la percepción no es más que
un comienzo de ciencia todavía confusa. La relación de la percepción con la
ciencia es la de la apariencia con la realidad. Nuestra dignidad es remitirnos
a la inteligencia, que es la única que nos descubrirá la verdad del mundo.
Hace un rato,
cuando dije que el pensamiento y el arte moderno rehabilitan la percepción y el
mundo percibido, naturalmente no quise decir que negaban el valor de la
ciencia, ya sea como instrumento del desarrollo técnico o como escuela de
exactitud y veracidad. La ciencia fue y sigue siendo el campo donde debe
aprenderse lo que es una verificación, lo que es una investigación escrupulosa,
lo que es la crítica de uno mismo y de sus propios prejuicios. Bueno era que
esperara todo de ella en un tiempo donde aún no existía. Peor la cuestión que
el pensamiento moderno plantea a su respecto no esta destinada a impugnarle la
existencia o a cerrarle ningún campo. Se trata de saber si la ciencia ofrece u
ofrecerá una representación del mundo que sea completa, que se baste, que de
algún modo se cierre sobre sí misma de tal manera que tengamos ya que
plantearnos ninguna cuestión válida más allá. No se trata de negar o limitar la
ciencia, se trata de saber si ella tiene el derecho de negar o excluir como
ilusorias todas las búsquedas que no proceden, como ella, por medidas,
comparaciones y que no concluyen con leyes tales como las de la física clásica,
encadenado tales consecuencias a tales condiciones. No sólo esta cuestión no
señala ninguna hostilidad al respecto de la ciencia, sino que incluso es la
propia ciencia la que, en sus desarrollos más recientes, nos obliga a
plantearla y nos invita a responderla negativamente.
Porque, desde
fines del siglo XIX, los sabios se acostumbraron a considerara sus leyes y
teorías no ya como la imagen exacta de lo que ocurre en las Naturaleza, sino
como esquemas siempre más simples que el acontecimiento natural, destinados a
ser corregidos por una investigación más precisa, en una palabra, como
conocimientos aproximados. Los hechos que nos propone la experiencia están
sometidos por la ciencia a un análisis que no podemos esperar que alguna vez se
concluya, puesto que no hay límites a la observación y por que siempre es
posible imaginarla más completa o exacta de lo que es un momento determinado.
Lo concreto,
lo sensible asignan a la ciencia la tarea de una elucidación interminable, y de
esto resulta que no es posible considerarlo, a la manera clásica, como una
simple apariencia destinada a que la inteligencia científica la supere. El
hecho percibido y, de una manera general los acontecimientos de la historia del
mundo no puede ser deducidos de cierta cantidad de leyes que compondrían la
cara permanente del universo; a la inversa, es la ley precisamente una
expresión aproximada del acontecimiento físico y deja de subsistir su opacidad.
El sabio de hoy no tiene ya, como del período clásico, la ilusión de acceder al
corazón de las cosas, al objeto miso. En este punto, la física de la
relatividad confirma que la objetividad absoluta y última es un sueño,
mostrándonos cada observación estrictamente ligada a la posición del
observador, inseparable de su situación, y rechazando la idea de un observador
absoluto. En la ciencia, no podemos jactarnos de llegar mediante el ejercicio
de una inteligencia pura y no situada a un objeto puro de toda huella humana y
tal como Dios lo vería. Lo cual nada quita a la necesidad de la investigación
científica y sólo combate el dogmatismo de una ciencia que se consideraría el
saber absoluto y total. Simplemente, esto hace justicia a todos los elementos
de la experiencia humana, y en particular a nuestra percepción sensible.
Mientras que
la ciencia y la filosofía de las ciencias abrían así la puerta a una
exploración del mundo percibido, la pintura, la poesía y la filosofía entraban
resueltamente en el dominio que les era así reconocido y nos daban de las
cosas, del espacio, de los animales y hasta del hombre visto desde afuera, tal
y como aparece en el campo de nuestra percepción, una visión muy nueva y muy
característica de nuestro tiempo. En nuestras próximas conversaciones nos
gustaría describir algunas de las adquisiciones de esta búsqueda.
El Mundo de la Percepción – Siete Conferencias
Fondo de
Cultura Económica - México – 2006





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